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I. M. I.
10-1
Noviembre 9, 1910
Nocivos efectos de las obras santas hechas con fin humano.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, estaba encomendando a mi bendito Jesús las
tantas necesidades de la Iglesia, y Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, las obras más santas hechas con fines humanos, son como aquellos recipientes
rotos, que poniéndose dentro de ellos algún liquido, poco a poco escurre a tierra, y si durante la
necesidad se van a tomar aquellos recipientes, se encuentran vacíos. He aquí el por qué los
hijos de mi Iglesia se han reducido a tal estado, porque en su obrar todo es con fines humanos,
por eso en las necesidades, en los peligros, en las ofensas, se han encontrado vacíos de gracia,
y por lo tanto, debilitados, extenuados y casi cegados por el espíritu humano se dan a los
excesos; ¡oh! cuánto deberían haber vigilado los jefes de la Iglesia para no hacerme ser el
hazmerreír y casi la tapadera de sus indignas acciones, es verdad que se haría mucho
escándalo si se juzgaran y se castigaran, pero eso me sería de menor ofensa que los tantos
sacrilegios que cometen. ¡Ah! me es demasiado duro el tolerarlos. Ruega, ruega hija mía, porque
muchas cosas tristes están por salir de dentro de los hijos de la Iglesia”.
(3) Y ha desaparecido.
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10-2
Noviembre 12, 1910
Por cuantos modos se dona el alma a Dios,
en otros tantos se dona Él al alma.
(1) Estaba pensando en el bendito Jesús cuando llevaba la cruz al calvario, especialmente
cuando encontró a la Verónica, que le ofreció el lienzo para secar su rostro bañado en sangre,
y decía a mi amable Jesús: “Amor mío, Jesús, corazón de mi corazón, si la Verónica te ofreció
el lienzo, yo no quiero ofrecerte lienzos para secarte la sangre, sino que te ofrezco mi corazón,
mi latido continuo, todo mi amor, mi pequeña inteligencia, el respiro, la circulación de mi sangre,
los movimientos, todo mi ser para enjugarte la sangre, y no sólo de tu rostro sino de toda tu
santísima Humanidad, intento desmenuzarme en tantos pedazos por cuantas son tus llagas, tus
dolores, tus amarguras, las gotas de sangre que derramas, para poner en todos tus sufrimientos,
dónde mi amor, dónde un alivio, dónde un beso, dónde una reparación, dónde un
compadecimiento, dónde un agradecimiento, etc., no quiero que quede ninguna parte de mi ser,
ninguna gota de mi sangre que no se ocupe de Ti, pero, ¿sabes oh Jesús qué recompensa
quiero? Que en todas las partes de mi ser me imprimas, me selles tu imagen, a fin de que
encontrándote en todo y dondequiera, pueda multiplicar mi amor”. Y tantos otros disparates que
decía. Ahora, habiendo recibido la comunión, y mirando en mí misma, veía en todas las
partecitas de mi ser a Jesús todo entero dentro de una llama, y esta llama decía amor, y Jesús
me ha dicho:
16 Este libro ha sido traducido directamente del original manuscrito de Luisa Piccarreta.
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