9-48
Octubre 1, 1910
El amor a Jesús forma la transformación del alma en Él.
(1) Habiendo recibido la comunión, me sentía toda transformada en Jesús bendito, y decía
entre mí: “¿Cómo se hace para mantener esta transformación con Jesús?” Y en mi interior
parecía que Jesús me decía:
(2) “Hija mía, si quieres estar siempre transformada en Mí, más bien, ser una sola cosa
Conmigo, ámame siempre y mantendrás la transformación Conmigo, porque el amor es fuego,
y cualquier leño que se arroja en el fuego, pequeño o grande, verde o seco, todos toman la
forma de fuego y se convierten en el mismo fuego, y después que estos leños han quedado
quemados, no se discierne más cuál era un leño y cuál el otro, ni el verde ni el seco, no se ve
otra cosa que fuego, así el alma cuando no cesa jamás de amarme. El amor es fuego que
transforma en Dios, el amor une, sus llamas invisten todas las obras humanas y les da la forma
de las obras divinas”.
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9-49
Octubre 17, 1910
Por cuanto amor y unión con Jesús tiene el
alma, tanto valor tienen sus sacrificios.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, estaba rezando a mi amoroso Jesús por el feliz
paso al Cielo de un sacerdote que hace años fue mi confesor, y decía a mi amado Jesús:
“Recuerda cuántos sacrificios hizo, cuánto celo tuvo por tu honor y gloria, y además, ¿cuánto no
hizo por mí? ¿Cuánto no sufrió? En este punto le debes corresponder haciéndolo pasar
directamente al Cielo”. Y el bendito Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, Yo no miro tanto los sacrificios, sino al amor con el cual se hacen y a la unión
que tienen Conmigo, así que cuanto más el alma está unida Conmigo, tanto más aprecio sus
sacrificios. Así que si el alma está más estrechamente unida Conmigo, los más pequeños
sacrificios los tomo como grandes, porque en la unión está el cálculo del amor, y el cálculo del
amor es cálculo eterno que no tiene término ni límites; mientras que el alma se puede sacrificar
mucho, pero si no está unida Conmigo, Yo miro su sacrificio como el de una persona extraña, y
le doy la recompensa que merece, esto es, limitada. Supón a un padre y a un hijo que se aman;
el hijo hace unos pequeños sacrificios, el padre por el vínculo de unión de paternidad y de
filiación, y de amor, que es el vínculo más fuerte, mira estos pequeños sacrificios como cosa
grande, por ellos se siente triunfante, se siente honrado, y da al hijo todas sus riquezas, y dedica
para el hijo todas las atenciones y sus cuidados. Ahora supón un siervo, trabaja toda la jornada,
se expone al calor, al frío, en todo está a sus órdenes, si es necesario vigila aun por la noche
por cuenta del patrón, ¿y qué cosa recibe? El mísero pago de una jornada, de modo que si no
trabaja todos los días estará obligado a sentir el hambre. Tal es la diferencia que hay entre el
alma que posee mi unión y el alma que no la posee”.
(3) Mientras esto decía me he sentido fuera de mí misma junto con el bendito Jesús, y de
nuevo he dicho: “Dulce amor mío, dime, ¿dónde se encuentra esa alma?”
(4) Y Jesús: “En el purgatorio, pero si tú vieras en qué luz nada, quedarías maravillada”.
(5) Y yo: “¿Dices que está en el purgatorio, y dices que nada en la luz?”