9-44
Septiembre 3, 1910
Lo que Jesús hace a un alma, lo hace con efectos a todos.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, el bendito Jesús ha venido como niño; me besaba,
me abrazaba, me acariciaba, y muchas veces volvía con besos y abrazos. Yo me maravillaba
de que Jesús había llegado al exceso de entretenerse conmigo, vilísima, con besos y abrazos.
Yo le correspondía, pero tímidamente, y Jesús con una luz que salía de Él me ha hecho
comprender que el venir, es siempre un bien grande, no sólo para mí sino para el mundo entero,
porque al amar y desahogarse con un alma, lo hace con toda la familia humana, porque en
aquella alma hay tantos vínculos que unen a todos: Vínculos de semejanza, vínculos de
paternidad y de filiación, vínculos de hermandad, vínculos por haber salido y haber sido creados
todos por sus manos, vínculos por haber sido todos redimidos por Él, y porque nos ve marcados
con su sangre. Así que viendo todo esto, amando y favoreciendo a un alma quedan amados y
favorecidos los demás, si no en todo al menos en parte. Entonces, viniendo a mí Jesús bendito,
y encontrándonos en tiempo de castigos, besándome, abrazándome, acariciándome y
mirándome, quería hacerlo a todos los demás y evitarles, si no del todo, sí en parte, los flagelos.
(2) Después de esto veía a un joven, creo que era un ángel que iba marcando a aquellos que
debían ser tocados por el castigo. Parecía que era un gran número de personas.
+ + + +
9-45
Septiembre 9, 1910
Lamentos del alma por no poder evitar los castigos.
(1) Continuando mi habitual estado, el bendito Jesús no venía y yo estaba diciendo entre mí:
“Cómo ha cambiado Jesús conmigo, no me quiere ya como antes; antes de ponerme
permanentemente en cama, cuando estaba el cólera, Él mismo me pedía que si aceptaba los
sufrimientos por algunos días haría cesar el cólera, y aceptándolo cesó el flagelo. Ahora me
tiene continuamente en cama, se oye del cólera, de los estragos que hace en las pobres gentes,
y no me pone atención. Ya no quiere servirse de mí”. Mientras esto decía, hago por mirar en mí
y veo que Jesús estaba con la cabeza levantada, que me miraba, y todo enternecido me estaba
escuchando, y cuando vio que yo advertí que me estaba mirando me ha dicho:
(2) “Hija mía buena, cómo eres fastidiosa, quieres vencer por la fuerza, ¿no es verdad? Está
bien, está bien, no me molestes más”.
(3) Y ha desaparecido.
+ + + +
522 sig