9-41
Agosto 19, 1910
Jesús vierte sus amarguras. Temor de que fuese el demonio.
(1) Continuando en mi habitual estado, me he encontrado fuera de mí misma dentro de una
iglesia, y sobre el altar estaba la Reina Celestial y el niño Jesús que lloraba. La celestial Mamá
haciéndome señas con los ojos, me hacía comprender que tomara al niño en brazos e hiciera
cuanto más pudiera por calmarlo. Yo me he acercado y lo he tomado en mis brazos, me lo he
estrechado y le he dicho: “Querido mío, ¿qué tienes? Desahógate conmigo, ¿no es el amor el
paliativo, el adormecimiento a todos los pesares? ¿No es el amor lo que hace olvidar todo, lo
que endulza todo, que pone paz en cualquier controversia? Si lloras es porque debe haber
alguna cosa discordante entre tu amor y el de las criaturas, por eso amémonos, dame tu amor
y con tu mismo amor te amaré”. ¿Pero quién puede decir todos los disparates que le he dicho?
Entonces parecía haberse calmado, pero no del todo, y ha desaparecido. Al día siguiente de
nuevo me he encontrado fuera de mí misma, dentro de un jardín, y yo iba haciendo el vía crucis,
y mientras esto hacía me encontré con Jesús en brazos. Habiendo llegado a la undécima
estación, no pudiendo soportar más, el bendito Jesús me ha detenido y acercando su boca a la
mía ha derramado una cosa espesa y una líquida; la líquida podía pasármela, pero la espesa
no me bajaba, tanto que en cuanto Jesús alejó su boca de la mía la he arrojado por tierra, y
después he mirado a Jesús y he visto que de su boca le escurría un líquido espeso y negro,
negro; yo me he asustado tanto que le dije: “Me parece que no eres Jesús, Hijo de Dios y de
María, Madre de Dios, sino el demonio. Es verdad que te quiero, que te amo, pero es siempre a
Jesús a quien quiero, jamás al demonio, con él no quiero tener nada que hacer. Me contento
con estar sin Jesús antes que tener algo que ver con el demonio”. Y para estar más segura, he
signado a Jesús con la señal de la cruz, y a mí también. Entonces Jesús, para quitarme el
espanto ha retirado dentro de Sí aquel líquido negro que yo no quería ver, y me ha dicho:
(2) “Hija mía, no soy demonio; esto que tú ves no es otra cosa que las grandes iniquidades
que me hacen las criaturas, que no pudiéndolas más contener, las derramaré sobre de ellas
mismas. He vertido en ti, y tú no has podido contener todo y lo has derramado por tierra; Yo
continuaré derramándolo sobre ellas”.
(3) Y mientras esto decía, me hacía comprender qué castigos hará llover del Cielo; envolverá
a los pueblos en luto, en lágrimas amarguísimas y desgarradoras, y lo poco que derramó en mí
evitará, si no del todo, sí en parte los castigos a mi ciudad. Después hacía ver gran mortalidad
de gentes por epidemias, por terremotos y otros infortunios. ¡Cuánta desolación, cuánta miseria!
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9-42
Agosto 22, 1910
Jesús huye y busca consuelo.
(1) Continuando mi habitual estado, habiendo perdido los sentidos veía muchas personas que
ponían en fuga al bendito Jesús, y Jesús huía, huía, pero a donde iba no encontraba lugar y
huía. Finalmente ha venido a mí, sudoroso, cansado, afligido, se ha arrojado en mis brazos, se
ha estrechado fuerte, y dijo a aquellos que lo seguían: “De esta alma no me podéis hacer huir”.
Y aquellos, avergonzados se han retirado, y a mí me ha dicho:
(2)“Hija, no puedo más, dame algún alivio”.