no te dejas encontrar más, bravo por Jesús que quiere burlarse de mí; pero del resto haz lo que
Tú quieras, lo que me importa es que me digas en qué te ofendo, y en qué cosa te he
desagradado que ya no vienes como antes”.
(6) Y Jesús ha agregado: “Hija mía, no te afanes, cuando hay verdadera culpa no es necesario
que lo diga Yo, el alma por sí sola lo advierte, porque el pecado, cuando es voluntario, trastorna
los humores naturales, y el hombre recibe como una transformación en el mal, siente como una
impregnación en la culpa que voluntariamente se comete, así como también la verdadera virtud
transforma al alma en el bien y los humores quedan todos concertados entre ellos, la naturaleza
siente como impregnarse de dulzura, de caridad, de paz; así es el pecado. Entonces, ¿tú has
advertido alguna vez este desconcierto? ¿Te has sentido como impregnada de impaciencia, de
ira, de disturbios?”
(7) Y mientras esto decía, parecía que me miraba hasta muy dentro para ver si algo de eso
había en mí, y parecía que no había nada, y ha continuado:
(8) “¿Has visto tú misma?”
(9) Y no sé por qué, pero mientras esto decía me hacía ver terremotos con destrucción de
ciudades enteras, revoluciones, y tantas otras desgracias, y ha desaparecido.
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9-40
Agosto 12, 1910
El principio y todo el mal del sacerdote, consiste
en tratar con las almas de cosas humanas.
(1) Estando en mi habitual estado, me he encontrado fuera de mí misma y veía a sacerdotes,
y a Jesús que se hacía ver en mi interior todo dislocado y con los miembros separados, y Él
señalaba a aquellos sacerdotes, y hacía comprender que a pesar de que eran sacerdotes, eran
también miembros separados de su cuerpo, y lamentándose decía:
(2) “Hija mía, cómo soy ofendido por sacerdotes. Los superiores no vigilan sobre mi suerte
sacramental, y me exponen a sacrilegios enormes. Estos que tú ves son miembros separados,
que si bien me ofenden mucho, pero mi cuerpo no tiene más contacto con sus acciones
perversas, pero los otros que fingen no estar separados de Mí y continúan su actividad de
sacerdotes, ¡oh! cuánto más me ofenden, a qué atroz tormento estoy expuesto, cuántos castigos
atraen, Yo no puedo soportarlos más”.
(3) Y mientras esto decía, yo veía muchos sacerdotes que escapaban de la Iglesia y se
volteaban contra Ella para hacerle guerra; por eso miraba a aquellos sacerdotes con sumo
disgusto, y veía una luz que me hacía comprender que el principio y todo el mal del sacerdote
consiste en tratar con las almas de cosas humanas, de naturaleza toda material sin una estrecha
necesidad; estas cosas humanas forman una red para los sacerdotes que les ciega la mente,
les endurece el corazón para las cosas divinas, y les impide el paso en el camino que conviene
hacer en el ejercicio de su ministerio; y no sólo esto, sino que es red para las almas, porque
llevan lo humano y lo humano reciben, y la gracia queda como excluida de ellas. ¡Oh, cuánto
mal se comete por estos tales, cuántos estragos de almas hacen! El Señor quiera iluminarlos a
todos.
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