para ayuda en el último suspiro de la muerte. Después de esto, ¿quién no debe mirar sonriente
a la muerte? Mucho más para quien me ama, para quien busca sacrificarse sobre mi misma
cruz. Mira cómo es bella la muerte y cómo hace cambiar las cosas, en vida fui despreciado, los
mismos milagros no hicieron los efectos de mi muerte; aún sobre la cruz hubo insultos, pero en
cuanto expiré, la muerte tuvo la fuerza de cambiar las cosas, todos se golpeaban el pecho
confesándome por verdadero Hijo de Dios, mis mismos discípulos tomaron valor, y aun aquellos
ocultos se hicieron atrevidos y pidieron mi cuerpo dándome honorable sepultura; Cielo y tierra a
plena voz me confesaron Hijo de Dios. La muerte es una cosa grande, sublime; y esto sucede
también para mis mismos hijos, en vida despreciados, pisoteados, aquellas mismas virtudes que
como luz deberían brillar entre quienes los rodeaban, quedan medio veladas, sus heroísmos en
el sufrir, sus abnegaciones, su celo por las almas, arrojan claridad y dudas en los presentes, y
Yo mismo permito estos velos para conservar con más seguridad la virtud de mis amados hijos.
Pero apenas mueren, estos velos, no siendo más necesarios, Yo los retiro y las dudas se hacen
certezas, la luz se hace clara, y esta luz hace apreciar su heroísmo, se hace entonces aprecio
de todo, aun de las cosas más pequeñas, así que lo que no se puede hacer en vida, lo suple la
muerte, y esto es para lo que sucede acá abajo; y por lo que sucede allá arriba es propiamente
sorprenderte y envidiable a todos los mortales”.
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9-37
Julio 8, 1910
El cuerpo es como el Tabernáculo, el
alma como el copón para Jesús.
(1) Estaba muy afligida por la privación de mi sumo bien, y habiendo recibido la comunión, al
recibir la santa partícula se detuvo en la garganta, y yo succionándola para hacerla descender
chupaba un humor dulce y exquisito, y después de haber chupado mucho ha descendido, y veía
la partícula cambiada en niño que decía:
(2) “Tu cuerpo es mi Tabernáculo, tu alma es el copón que me contiene, el latido de tu corazón
es como partícula que me sirve para transformarme en ti como dentro de una hostia, con esta
diferencia, que en la hostia, al consumirse estoy sujeto a continuas muertes; en cambio el latido
de tu corazón, simbolizado por tu amor, no estando sujeto a consumirse, mi Vida es continua,
¿entonces por qué tanto afligirte por mis privaciones? Si no me ves, me oyes, si no me oyes me
tocas, y ahora con la fragancia de mis perfumes que expando a tu alrededor, ahora con la luz
de que te sientes investir, ahora con hacer descender en ti un licor que no se encuentra sobre
la tierra, ahora con el solo tocarte, y en tantos otros modos a ti invisibles”.
(3) Ahora, por obedecer escribo estas cosas que Jesús dice que me suceden frecuentemente,
y aun estando en plena vigilia. Estos perfumes que yo misma no sé decir de qué especie sean,
yo los llamo los perfumes del amor, y estos los percibo en la comunión, si rezo, si trabajo,
especialmente si no he visto a Jesús, y digo entre mí: “Hoy no has venido, ¿no sabes, oh Jesús,
que sin Ti no puedo, no quiero estar? Y súbito y casi de improviso me siento como investir por
aquel perfume. Otras veces, moviéndome o quitándome las sábanas siento salir aquel perfume
y en mi interior oigo: “Aquí estoy”.
(4) Otras veces, mientras estoy toda afligida, hago por levantar los ojos, y un rayo de luz se
hace ante mi vista. Pero yo a estas cosas no les presto atención ni me satisfacen, lo único que
me vuelve feliz es Jesús, todo el resto lo recibo con cierta indiferencia.
(5) Lo he escrito sólo por obedecer.
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