9-35
Junio 2, 1910
El alma debe morir a todo para resurgir más bella.
(1) Sintiéndome muy mal y como si todo hubiera terminado, me lamentaba con Jesús de este
su total abandono, y Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, éstos son los modos divinos, morir y resurgir continuamente. Mira, la misma
naturaleza está sujeta a estas muertes y a estos resurgimientos, la flor nace y muere, pero para
resurgir más bella, mientras que si nunca muriera envejecería, perdería la vivacidad de su
colorido, la fragancia de su olor; y he aquí también la semejanza de mi Ser, siempre viejo y
siempre nuevo. La semilla es puesta bajo tierra, como sepultada para hacerla morir, y en efecto
muere, hasta pulverizarse, y después resurge más bella, es más, multiplicada, y así de todo lo
demás; y si esto es en el orden natural, mucho más en el orden espiritual el alma debe estar
sujeta a estas muertes y a estos resurgimientos, porque mientras parece que sobre de todo ha
triunfado y abunda de fervor, de gracia, de unión Conmigo, de virtudes, y parece que en todo ha
adquirido tantas nuevas vidas, Yo me oculto y parece que todo le muere en torno; Yo doy golpes
como verdadero maestro y le ayudo a hacerle morir todo, y cuando me parece que todo le ha
muerto, Yo, como sol, salgo, me develo y Conmigo todo resurge más bello, más vigoroso, más
fiel, más reconociente, más humilde, de modo que si había alguna cosa de humano, la muerte
lo ha destruido y hace resurgir todo a nueva vida”.
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9-36
Julio 4, 1910
La agonía del huerto fue en modo especial para ayuda
de los moribundos, la agonía de la cruz fue para ayuda
del último punto, propiamente para el último respiro.
(1) Continuando mi habitual estado lleno de privaciones y de amargura, estaba pensando en
la agonía de Nuestro Señor, y entonces Él me dijo:
(2) “Hija mía, quise sufrir en modo especial la agonía del huerto para dar ayuda a todos los
moribundos para bien morir. Mira bien cómo se combina mi agonía con la agonía de los
cristianos: Tedios, tristezas, angustias, sudor de sangre; sentía la muerte de todos y de cada
uno como si realmente muriese por cada uno en particular, por lo tanto sentía en Mí los tedios,
las tristezas, las angustias de cada uno, y con esto daba a todos ayuda, consuelo, esperanza,
para hacer que como Yo sentía sus muertes en Mí, así ellos pudieran tener la gracia de morir
todos en Mí, como dentro de un solo aliento, con mi aliento, y súbito beatificarlos con mi
Divinidad.
(3) Si la agonía del huerto fue en modo especial para los moribundos, la agonía de la cruz fue
para ayuda del último momento, especialmente para el último respiro. Ambas son agonías, pero
una distinta de la otra: La agonía del huerto llena de tristezas, de temores, de afanes, de
espantos; la agonía de la cruz, llena de paz, de calma imperturbable, y si grité tengo sed, era
sed insaciable de que todos pudieran expirar en mi último respiro; y viendo que muchos se salían
de mi último respiro, por el dolor grité tengo sed, y este tengo sed lo continúo gritando a todos y
a cada uno, como timbre a la puerta de cada corazón: “Tengo sed de ti, oh alma. Ah, no salgas
de Mí, sino entra en Mí y expira Conmigo”. Así que son seis horas de mi Pasión que di a los
hombres para bien morir, las tres del huerto fueron para ayuda de la agonía, las tres de la cruz