Jesús se retira yo quedo siempre como la tonta que soy, la ignorante, la mala, y es exactamente
por esto por lo que Jesús me ama tanto, porque soy ignorante y porque nada soy y nada puedo,
pero sabiendo que a cualquier costo lo quiero recibir, para no hacerse un deshonor al venir en
mí, sino sumo honor, prepara Él mismo mi pobre alma, me da sus mismas cosas, sus méritos,
sus vestiduras, sus obras, sus deseos, en suma, todo Sí mismo, y si se necesita, también lo que
ha hecho la Mamá Santísima, lo que han hecho los santos, porque todo es suyo, y yo digo a
todos: “Jesús, hazte honor al venir en mí, Mamá, Reina mía, santos, ángeles todos, yo soy
pobre, pobre, todo lo que es vuestro ponedlo en mi corazón, no para mí, sino para honor de
Jesús”. Y siento que todo el Cielo concurre a prepararme. Y después Jesús desciende en mí, y
me parece verlo todo complacido al verse honrado por sus mismas cosas, y a veces me dice:
(2) “¡Bravo, bravo a mi hija, cómo estoy contento, cuánto me complazco, dondequiera que
miro en ti encuentro cosas dignas de Mí, pues todo lo que es mío es tuyo, cuántas cosas bellas
me has hecho encontrar”.
(3) Yo, sabiendo que soy pobre, pobre, que nada he hecho y nada es mío, me alegro por el
contento de Jesús y digo: “Menos mal que Jesús piensa de este modo; basta con que haya
venido y esto me basta, no importa que me haya servido de sus mismas cosas, los pobres deben
recibir de los ricos”. Ahora, es verdad que permanece en mí algún recuerdo de esto o de aquello,
del modo como Jesús me prepara en la comunión, pero estos recuerdos no los sé reunir juntos
y formar una preparación y un agradecimiento, me falta la capacidad, me parece que me preparo
en Jesús mismo y con Jesús mismo hago mi agradecimiento.
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9-34
Mayo 24, 1910
Quien vive en lo alto, en el Querer
Divino, no está sujeto a cambios.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, me sentía un ser verdaderamente inútil, no sabía
pensar ni en pecados, ni en frialdades, ni en fervores; todas las cosas las miraba de un mismo
modo, me sentía indiferente a todo, de ninguna cosa me ocupo sino sólo del Querer Santo de
Dios, pero sin ansiedad, mas bien en la más perfecta calma. Entonces decía entre mí misma:
“¿Qué estado es el mío? Tuviese al menos el pensamiento de mis pecados, y sin embargo
parece que estoy contenta. ¡Oh! Dios Santo, qué desgracia es la mía”. Mientras esto decía, el
bendito Jesús ha venido y me ha dicho:
(2) “Hija mía, aquellos que viven en lo bajo, respirando el aire que todos respiran, están
obligados a sentir los diversos cambios de los tiempos, es decir, el frío, el calor, la lluvia, el
granizo, los vientos, la noche, el día, pero quien vive en lo alto, donde el aire termina, no está
sujeto a sentir estos cambios de tiempo, pues aquí no hay otra cosa que perfecto día, y no
sintiendo estos cambios, naturalmente no tiene ningún pensamiento de ellos. Así sucede a quien
vive en lo alto y sólo de aire divino, siendo mi Ser no sujeto a cambios, siempre igual, siempre
pacífico y en pleno contento, qué maravilla que quien vive en Mí, de mi Querer y de mi mismo
aire, de ninguna cosa se dé pensamiento; así que ¿tú quisieras vivir en lo bajo, como vive la
generalidad, es decir fuera de Mí, de aire humano, de pasiones, etc.?”
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