las fibras más íntimas, en la parte más noble de la inteligencia, basta decir que es más que
martirio. Yo mismo me apiado tanto, que casi se me despedaza el corazón de ternura, y estoy
obligado a sentírmelo despedazar tan frecuentemente que no puedo resistir, y también para
darles la fuerza para poder cumplir su consumación. Todos los ángeles y santos tienen la mirada
fija sobre ellas y me las vigilan para no dejarlas sucumbir, sabiendo el crudo martirio que sufren.
Hija mía, ánimo, tú tienes razón, pero debes saber que todo es amor en Mí”.
(3) Y mientras esto decía, parecía que más se alejaba. Yo me sentía consumir aun la misma
naturaleza y resolverme en la nada. Aquellas semillas de fortaleza que me parecía sentir, de luz,
de conocimiento, todo se resolvía en la nada; yo me sentía morir, y sin embargo vivo. Mientras
estaba en esto Jesús ha regresado, y parecía que tomándome en brazos sostenía mi nada y me
dijera:
(4) “Mira hija mía, cómo al deshacerse la pequeña semilla de tu fortaleza, la fuentecita de tu
luz, el pequeño conocimiento que tienes de Mí, y todas tus otras pequeñas dotes, entran en su
lugar mi fortaleza, mi luz, mi sabiduría, mi belleza y todas mis demás dotes a llenar ésta tu nada?
¿No estás contenta?”
(5) Y yo le he dicho: “Escucha Jesús, si continúas así perderás el gusto de tenerme en la
tierra”. Y lo he repetido varias veces. Y Jesús no queriendo oír lo que yo decía me respondió:
(6) “Escucha hija mía, Yo no perderé jamás tu gusto, si te tengo en la tierra, tendré en tierra
el gusto; si te traigo al Cielo, tendré tu gusto en el Cielo. ¿Sabes más bien quién perderá el
gusto? Tu confesor”.
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9-27
Febrero 24, 1910
Luisa no puede manifestarse al confesor.
(1) Esta mañana, en la comunión, me lamentaba con Jesús de que no sé manifestar mi estado
a quien debo; me siento, sí, muchas veces llena de Él, me parece que por doquier lo toco, y aun
tocándome a mí misma toco a Jesús, pero no sé decir ni una palabra; no quisiera otra cosa que
perderme en Jesús, en la profundidad del más absoluto silencio, y si soy obligada a hablar, ¡oh!
Dios, qué esfuerzo debo hacer, y me siento como una niña que tiene un sueño pesado y la
quieren despertar por la fuerza, y por consiguiente hace berrinche. Entonces decía a Jesús: “De
todo me has privado, de tus sufrimientos, de tus favores, de hacerme oír tu voz armoniosa, dulce
y suave, no me reconozco más por como me he reducido; si me haces entender alguna cosa,
es tan adentro, que no encuentra el camino para salir fuera. Dime vida mía, ¿cómo debo
comportarme?” Y Jesús:
(2) “Hija mía, si me tienes a Mí, tienes todo, y esto te basta. Si te sientes llena de Mí, es señal
de que te tengo en la casa de mi Divinidad. Si un rico admitiera en su casa a un pobre, es señal
de que dará al pobre todo lo que le sea necesario, a pesar de que no le hable siempre, de que
no lo acaricie, de otra manera sería un deshonor para el rico. ¿Y no soy Yo más que el rico?
Entonces cálmate y trata de manifestar a la obediencia lo que puedas, el resto déjalo todo a mi
cuidado”.
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