9-23
Noviembre 16, 1909
El pecado es el único desorden en el alma.
(1) Después de haber pasado días amargos de privación, habiendo recibido la comunión me
lamentaba con Jesús bendito diciéndole: “Parece que en verdad me quieres dejar del todo, pero
al menos dime, ¿quieres que salga de este estado? Quién sabe qué desorden hay en mí que te
has alejado, dímelo, que de corazón te prometo que seré más buena”.
(2) Y Jesús: “Hija mía, no te alarmes, cuando te hago perder los sentidos estate pacífica,
cuando no, estate más pacífica, sin perder tiempo, y según te sucedan las cosas tómalas todas
de mis manos; ¿no puedo suspenderte algún día? En cuanto al desorden te lo habría dicho, y,
¿sabes quién pone el desorden en el alma? Sólo el pecado, aun mínimo. ¡Oh! cómo la deforma,
la decolora, la debilita, pero los estados de ánimo, las privaciones, no le hacen ningún daño. Por
eso está atenta a no ofenderme aun mínimamente, y no tengas temor de que haya desorden en
tu alma”.
(3) Y yo: “Pero Señor, alguna cosa debe haber de mal en mí, antes no hacías otra cosa que
un ir y venir, y cada vez que venías me participabas cruces, clavos, espinas; pero cuando la
naturaleza se había acostumbrado, tanto que se volvía como connatural y le era más fácil el
sufrir que el no sufrir, te retiras; ¿cómo es posible que no haya en mí alguna cosa grave?” Y
Jesús benignamente me ha dicho:
(4) “Escucha hija mía, Yo debía disponer tu alma para hacerte llegar a este punto de hacerte
feliz con el sufrimiento y hacer con él mi trabajo, y por eso debía probarte, sorprenderte, cargarte
de sufrimientos, para hacer que tu naturaleza resurgiera a vida nueva; entonces este trabajo lo
he hecho ya, y ha quedado en ti permanente, a veces más, a veces menos la participación de
mis penas. Ahora, habiendo hecho este trabajo, me lo estoy gozando, ¿no quieres tú que me
repose? Mira, no quieras preocuparte, deja hacer a Jesús que te quiere tanto, y Yo sé cuándo
es necesario mi trabajo en ti, y cuándo debo reposar de mi trabajo”.
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9-24
Noviembre 20, 1909
Óptica humana y óptica divina de la cruz.
(1) Estando en mi habitual estado, en cuanto ha venido mi dulce Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, quien toma la cruz bajo la óptica humana la encuentra enfangada, y por lo tanto
más pesada y amarga; en cambio quien toma la cruz según la óptica divina la encuentra llena
de luz, ligera y dulce, porque la óptica humana está privada de gracia, de fuerza y de luz, y por
eso siente la arrogancia de decir: ¿Por qué aquél me ha hecho esta ofensa? ¿Por qué éste me
ha dado este disgusto, esta calumnia? Y el alma se llena de indignación, de ira, de venganza, y
la cruz se enfanga, se obscurece y se vuelve pesada y amarga. En cambio la óptica divina está
llena de gracia, de fuerza y de luz, y por eso no se siente la osadía de decir: “Señor, ¿por qué
me has hecho esto?” Más bien se humilla, se resigna, y la cruz se hace ligera y le lleva luz y
dulzura”.
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