estaba en esto, mi siempre amable Jesús se ha movido en mi interior, y con voz sensible me ha
dicho:
(2) “¿Quieres tú juzgarte? El obrar de tu interior no es tuyo, sino mío, tú no haces otra cosa
que seguirme, el resto lo hago todo por Mí. El pensamiento de ti misma lo debes quitar, no debes
hacer otra cosa que lo que quiero Yo, y Yo pensaré en tus males y en tus bienes. ¿Quién puede
hacerte más bien, tú o Yo?”
(3) Y mostraba que se disgustaba. Entonces me he puesto a seguirlo, pero poco después,
llegando a otro punto del camino del calvario, en el cual más que nunca me internaba en las
diversas intenciones de Jesús, el pensamiento me ha dicho: “No sólo debes quitar el
pensamiento de santificarte, sino también el de salvarte, ¿no ves que por ti misma no eres buena
para nada? ¿En qué te aprovechará hacer por los demás?” Yo dirigiéndome a Jesús le he dicho:
“Jesús mío, ¿tu sangre no es para mí, tus penas, tu cruz? He sido tan mala que habiéndolas
pisoteado bajo mis pies con mis culpas, Tú tal vez las has agotado para mí, ah, perdóname,
pero si no quieres perdonarme déjame tu Querer y estaré contenta, tu Voluntad es todo para mí;
he quedado sola sin Ti, y sólo Tú puedes conocer la pérdida que he tenido, no tengo a nadie,
las criaturas sin Ti me fastidian, me siento en esta cárcel de mi cuerpo como esclava en cadenas;
al menos por piedad no me quites tu Santo Querer”. Y mientas esto pensaba me he distraído de
nuevo de mi interior, y Jesús de nuevo me hizo oír su voz, fuerte e imponente que decía:
(4) “¿No quieres terminar con eso? ¿Quieres tú estropear mi obra en ti?”
(5) Y no sé, pero como si hubiera puesto silencio en mi mente he tratado de seguirlo y de
terminar con esos pensamientos.
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9-16
Octubre 6, 1909
Las virtudes del verdadero amor son: Purificar
todo, triunfar sobre todo y llegar a todo.
(1) Habiendo recibido la comunión ha venido por un poquito mi siempre amable Jesús, y
habiendo tenido una discusión con el confesor sobre la naturaleza del verdadero amor, yo quería
preguntarle a Jesús si yo tenía razón o no, y Él me ha dicho:
(2) “Hija mía, es exactamente así, como tú decías, que el verdadero amor facilita todo, excluye
todo temor, toda duda, y todo su arte es posesionarse de la persona amada, y cuando la ha
hecho suya, el amor mismo le suministra los medios para conservar el objeto adquirido. Ahora,
¿qué temor, qué duda puede tener el alma de una cosa suya? ¿Qué cosa no espera? Es más,
cuando ha llegado a tomar posesión de ella, el amor se hace intrépido y llega hasta pretender
los excesos y a lo increíble, no hay más tuyo o mío, el amor verdadero puede decir: “Tuyo soy
yo, y mío eres tú, así que podemos disponer juntos, hacernos felices juntos, gozárnosla juntos”.
Si te he adquirido quiero servirme de ti como me place. Y ¿cómo el alma en este estado de
verdadero amor puede ir pescando defectos, miserias, debilidades, si el objeto adquirido todo le
ha condonando, de todo la enriquece, y el objeto que posee la va purificando continuamente?
Estas son las virtudes del verdadero amor: Purificar todo, triunfar sobre todo, y a todo llegar. En
efecto, ¿qué amor podría haber por una persona a la que se teme, de la que se duda, de la que
no se espera todo? El amor perdería lo más bello de sus cualidades; es verdad que también en
los santos se ve esto, y eso dice que en los santos el amor puede ser imperfecto y puede tener
sus variedades según los estados en los que se encuentran. En ti la cosa es muy diferente,
debiendo estar ya tú Conmigo en el Cielo, y habiéndolo sacrificado por amor a la obediencia y
del prójimo, el amor ha quedado confirmado en ti, la voluntad confirmada a no ofenderme, así