(8) Y ha desaparecido. Después de un poco, habiendo regresado Jesús, como yo continuaba
estando afligida y de vez en cuando rompía en llanto, me ha dicho:
(9) “Hija mía, ánimo, no te he dejado, más bien estoy oculto, porque si me hiciera ver como
antes tú me atarías todo, y Yo no podría en nada castigar al mundo; ni te he dejado a medio
camino, ¿no recuerdas cuáles son estos años del último periodo de tu vivir? Son los años
queridos por tu confesor, ¿no recuerdas que no una vez, sino que cuatro o cinco veces te has
encontrado luchando Conmigo, Yo que te quería traer y tú decías que la obediencia no quería,
y mientras Yo te había preparado para poderte traer Conmigo, era obligado a dejarte de nuevo.
Mira ahora las consecuencias de eso, son años de espera y de paciencia; la caridad y la
obediencia tienen sus espinas, que hacen grandes heridas y hacen sangrar el corazón, pero
también hacen brotar las rosas más grandes, olorosas y bellas; porque viendo en tu confesor el
fruto de su buen querer y la caridad y el temor de que el mundo pudiera ser castigado, por eso
Yo he concurrido en algún modo; pero si Yo no hubiera encontrado a ninguno que me hubiese
rogado y se hubiera interpuesto, ciertamente ya no estarías aquí. Pero, vamos, ánimo, no será
tan largo el exilio, y te prometo que vendrá un día en que no me haré vencer por ninguno”.
(10) Quién puede decir en qué amarguras me encuentro, confortada, sí, pero amargada hasta
la médula de los huesos, y no puedo recordarme de esto sin llorar, tanto, que al decírselo al
confesor, eran tantas las lágrimas que parecía que me impacientaba con él, y verdaderamente
le he dicho: “Usted ha sido la causa de mis males”.
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9-15
Octubre 4, 1909
El pensamiento de sí mismo se debe
interrumpir para hacer lo que hace Jesús.
(1) Continuando mi estado de aflicción y de pérdida de mi bendito Jesús, estaba según mi
costumbre toda ocupada en mi interior en las horas de la Pasión, justo en la hora en la que
Jesús carga el pesado madero de la cruz. Todo el mundo me estaba presente: Presente, pasado
y futuro, mi fantasía parecía que viera todas las culpas de todas las generaciones que prensaban
y casi aplastaban al benigno Jesús, así que la cruz no era otra cosa que una brizna de paja, una
sombra de peso en comparación con el peso de todos los pecados; yo trataba de estrecharme
a Jesús y decía: “Mira mi vida, mi bien, estoy yo a nombre de todos ellos. ¿Ves cuantas olas de
blasfemias? Y yo para repararte te bendigo por todos. ¿Ves cuántas olas de amarguras, de
odios, de desprecios, de ingratitudes, de poquísimo amor? Y yo quiero endulzarte por todos,
amarte por todos, agradecerte, adorarte, honrarte por todos, pero mis reparaciones son frías,
mezquinas, finitas; Tú que eres el ofendido eres Infinito, por lo que también mis reparaciones,
mi amor, quiero hacerlos infinitos, y para hacerlos infinitos, inmensos, interminables, me uno a
Ti, con tu misma Divinidad, es más, junto con el Padre y con el Espíritu Santo y te bendigo con
vuestras bendiciones, te amo con vuestro amor, te endulzo con vuestras mismas dulzuras, te
honro, te adoro como hacéis entre las Divinas Personas”. ¿Pero quién puede decir todos los
desatinos que decía? No terminaría jamás si lo quisiera decir todo. Cuando me encuentro en las
horas de la Pasión, siento que junto con Jesús yo también abrazara la inmensidad de su obrar,
y por todos y por cada uno glorifico a Dios, reparo, impetro por todos, y por eso el decirlo todo
me resulta difícil. Entonces, mientras esto hacía, el pensamiento me ha dicho: “Piensas en los
pecados de los demás, ¿y los tuyos? Piensa en ti, repara por ti”. Así que traté de pensar en mis
males, en mis grandes miserias, en las privaciones de Jesús, que son causa de mis pecados, y
distrayéndome de las cosas acostumbradas de mi interior lloraba mi gran desventura. Mientras
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