Quien sale de lo recto sale de lo justo, de lo santo, de lo bello, de lo útil, y sale de los límites en
los cuales Dios la ha puesto, y saliendo de esto será como una planta que no tuviera mucha
tierra por abajo y que, ahora los rayos de un ardiente sol, y ahora las heladas y los vientos le
secarán los influjos de la ciencia divina. Así es el torcido obrar, heladas, vientos y rayos de sol
ardiente, y faltándole mucho terreno de ciencia divina, no hará otra cosa que secarse en su
desorden”.
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8-53
Noviembre 20, 1908
Cuando el alma hace del amor su alimento,
este amor se hace estable y serio.
(1) Continuando mi habitual estado, lleno de amarguras y de privaciones, esta mañana ha
venido por poco tiempo el bendito Jesús, y yo me lamentaba con Él por mi estado, y en lugar de
responderme se estrechaba más conmigo. Después, sin responder a lo que yo le decía me ha
dicho:
(2) “Hija mía, el alma verdaderamente amante no se contenta con amarme con ansiedad, con
deseos, con fervores, sino que sólo está contenta cuando llega a hacer del amor su alimento
cotidiano, entonces el amor se hace estable, serio, va perdiendo todas aquellas ligerezas de
amor a las cuales está sujeta la criatura, y como ha hecho del amor su alimento, el amor se ha
difundido en todos los miembros, y estando difundido en todo tiene la fuerza de sostener las
llamas del amor que la consumen y le dan vida, y conteniendo el amor en sí misma, poseyéndolo,
no siente más aquellos vivos deseos, aquellas ansiedades, sino que sólo siente amar más el
amor que posee. Éste es el amor de los bienaventurados en el Cielo, éste es mi mismo amor;
los bienaventurados arden en amor, pero sin ansiedad, sin estrépito, con estabilidad, con
seriedad admirables. La señal si el alma llega a nutrirse de amor, es cuando ha perdido el
semblante del amor humano, porque si se ven sólo deseos, ansiedades, fervores, es señal de
que el amor no es su alimento, sino que sólo alguna partecita de sí ha dedicado al amor, y
entonces, no siendo toda, no tiene fuerza de contenerlo, y tiene aquellos arranques del amor
humano, siendo estas personas muy volubles, sin estabilidad en sus cosas; en cambio las
primeras son estables, como aquellos montes que jamás se mueven”.
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8-54
Diciembre 16, 1908
La privación de Jesús es la más grande de las penas.
(1) Pasando días amarguísimos estaba lamentándome con Nuestro Señor diciéndole: “¡Cómo
tan cruelmente me has dejado! Me decías que me habías elegido como tu pequeña hija y que
debías tenerme siempre en tus brazos, ¿y ahora? Me has arrojado por tierra, y en vez de
pequeña hija veo que me has cambiado en pequeña mártir, pero por cuan pequeño el martirio,
otro tanto es cruel y duro, amargo e intenso”. Mientras esto decía se ha movido en mi interior y
me ha dicho:
(2) “Hija mía, tú te equivocas, no es mi Voluntad el hacerte pequeña mártir, sino gran mártir,
pues te doy la fuerza de soportar con paciencia y resignación mi privación, que es la cosa más