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Junio 31, 1908
El verdadero espíritu de caridad
en los ricos y en los sacerdotes.
(1) Continuando mi habitual estado lleno de amarguras y de privaciones, después de haber
esperado mucho, me parecía ver a los pueblos en actitud de rebelarse y agudizar la lucha contra
los ricos. En este momento, el lamento del dulcísimo Jesús se hacía oír en mi oído, todo
amargado que decía:
(2) “Soy Yo quien da la libertad a los pobres, estoy cansado de los ricos, mucho han hecho:
Cuánto dinero gastado en bailes, en teatros, en inútiles viajes, en vanidades y también en
pecados, ¿y los pobres? No han podido tener suficiente pan para saciar su hambre, oprimidos,
cansados, amargados; si les hubieran dado sólo lo que han gastado en cosas no necesarias,
mis pobres habrían sido felices, pero los ricos los han tenido como una familia que no pertenecía
a ellos, es más, los han despreciado, teniéndose para ellos las comodidades, las diversiones,
como cosas pertenecientes a su condición, y dejando a los pobres en la miseria como cosa de
su condición”.
(3) Y mientras esto decía, parecía que retiraba la gracia a los pobres, y estos enfurecían contra
los ricos, de manera que sucedían cosas graves. Entonces yo al ver esto he dicho: “Amada vida
mía y todo mi bien, es cierto que hay ricos malos, pero también hay buenos, las tantas señoras
devotas que dan limosnas a las iglesias, tus sacerdotes que hacen tanto bien a todos”.
(4) “¡Ah! hija mía, calla y no me toques una herida para Mí tan dolorosa, podría decir que no
las reconozco a éstas tales devotas, dan las limosnas donde quieren ellas, para lograr sus
propósitos, para tener a las personas a su disposición; para quien les simpatiza gastan aun
millones de liras, pero donde es necesario no se dignan dar ni una moneda. ¿Podría decir que
lo hacen por Mí? ¿Podría reconocer este su obrar? Y tú misma, por sus actitudes, podrás
reconocer si lo hacen por Mí si se encuentran dispuestas a resolver cualquier necesidad; pero
si no cambian y dan lo mucho donde no es tan necesario y niegan lo poco donde es necesario,
se puede decir que no hay espíritu de verdadera caridad, ni recto obrar. Así que mis pobres son
dejados en el olvido aun por estas señoras devotas. ¿Y los sacerdotes? ¡Ah! hija mía, peor aún,
¿hacen bien a todos? Tú te engañas, hacen el bien a los ricos, tienen tiempo para los ricos,
también de ellos han quedado casi excluidos los pobres; para los pobres no tienen tiempo, para
los pobres no tienen una palabra de consuelo, de ayuda que darles, los rechazan, llegan a
decirse enfermos. Podría decir que si los pobres se han alejado de los sacramentos, ellos han
contribuido, porque no siempre han tenido tiempo para confesarlos, y los pobres se han cansado
y no han regresado más. Todo lo contrario si se ha presentado un rico, no han dudado un
momento, tiempo, palabras, consuelos, ayudas, todo se ha encontrado para los ricos. ¿Puedo
decir que tienen espíritu de verdadera caridad los sacerdotes si llegan a seleccionar a quienes
deben escuchar? ¿Y los demás? O los rechazan o los atienden tan precipitadamente, que si mi
gracia no ayudara en modo especial a los pobres, estos se habrían alejado de mi Iglesia. Con
excepción de algún sacerdote, por todos los demás podría decir que la verdadera caridad y el
espíritu recto se han marchado de la tierra”.
(5) Yo he quedado más que nunca amargada, implorando misericordia.
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