debe mirar lo mucho o lo poco que se hace, sino más bien si es querido por Dios, porque el
Señor mira más el pequeño hacer si es según su Voluntad, que el grande sin ella”.
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8-34
Abril 8, 1908
La Divina Voluntad es continua comunión.
Cómo saber si un estado es Voluntad de Dios.
(1) Estaba molesta por no poder recibir la comunión todos los días, y el buen Jesús al venir
me ha dicho:
(2) “Hija mía, no quiero que ninguna cosa te dé fastidio. Es verdad que es cosa grande el
recibir la comunión, ¿pero cuánto dura la unión estrecha del alma Conmigo? A lo más un cuarto
de hora, así que la cosa que te debe importar más es el deshacer completamente tu voluntad
en la mía, porque para quién vive de mi Voluntad la unión estrecha Conmigo no es sólo de un
cuarto de hora, sino siempre, siempre. Así que mi Voluntad es continua comunión con el alma,
por lo tanto no una vez al día, sino todas las horas, todos los momentos, es siempre comunión
para quien hace mi Voluntad”.
(3) Ahora, habiendo pasado días amarguísimos por la privación de mi sumo y único Bien,
pensando y temiendo que mi estado fuera una ficción, el estar en la cama sin ningún movimiento,
sin ninguna ocupación, esperando la venida del confesor y sin mi acostumbrado
adormecimiento, me angustiaba y martirizaba tanto, que me hacía caer enferma por el dolor y
por las continuas lágrimas. Muchas veces he rogado al confesor que me diera el permiso y la
obediencia de que, cuando no estuviera adormecida y Jesucristo no se complaciera en
participarme, como víctima, un misterio de su Pasión, yo me pudiera sentar en la cama según
mi costumbre y dedicarme a mi trabajo de tejer, pero él continua y absolutamente me lo ha
prohibido, es más, ha agregado que este estado mío, si bien con la privación de mi sumo Bien,
debía considerarse como estado de víctima por la violencia y el dolor en la dicha privación y por
la obediencia. Yo he obedecido siempre, pero continuamente el martirio del corazón me decía:
“¿Y no es ésta una ficción? ¿Dónde está tu adormecimiento? ¿Dónde el estado de víctima? ¿Y
tú qué cosa sufres de los misterios de la Pasión? Levántate, levántate, no hagas simulaciones,
trabaja, trabaja, ¿no ves que este fingimiento te llevará a la condenación? ¿Y tú no temes? ¿Y
no piensas en el juicio tremendo de Dios? ¿No ves que después de tantos años no has hecho
otra cosa que cavarte un abismo del cual no saldrás en toda la eternidad?” ¡Oh, Dios! ¿Quién
puede decir el tormento del corazón y los crueles sufrimientos que me atormentan el alma, me
oprimen y me arrojan en un mar de dolores? Pero la tirana obediencia no me ha permitido ni
siquiera un átomo de mi voluntad. Sea hecha la Divina Voluntad que así dispone.
(4) Mientras estaba en estos crueles tormentos, esta noche, encontrándome en mi habitual
estado me veía circundada por personas que decían:
(5) “Reza un Padre Nuestro, un Ave María, y un gloria en honor de San Francisco de Paúl, y
él te traerá algún alivio a tus sufrimientos”.
(6) Entonces yo los he rezado, y en cuanto los he terminado ha aparecido el santo trayéndome
una pequeña hogaza de pan, me la ha dado diciéndome:
(7) “Cómela”.
(8) Yo he comido y me he sentido toda fortificada, y después le he dicho: “Amado santo,
quisiera decirte alguna cosa”.
(9) Y Él con toda afabilidad: “Di, ¿qué cosa quieres decirme?”