quien está unido en el bien, ¿no debe estar unido en las mortificaciones? Entre Yo y tú no debe
haber divisiones. Tú no eres otra cosa que aquella pequeña hierbita que Dios se ha complacido
en dotar con una maravillosa virtud, y así como a la pequeña hierbita de la que no se conoce la
virtud que contiene se pisa y ni siquiera se mira, así quien no conoce el don que he puesto en ti
y la virtud que contiene mi hierbita, no sólo te pisa, sino que no comprende cuánto me complazco
Yo con dar valor a las cosas más pequeñas”.
(5) Después de esto parecía que apoyaba su cabeza sobre la mía, y yo he dicho: “¡Ah, hazme
sentir tus espinas!”
(6) Y Él: “¿Quieres que te golpee?”
(7) Y yo: “Sí”. En este momento se ha encontrado en manos de Jesús una vara con bolas de
fuego, y yo viendo el fuego: “Señor, tengo miedo del fuego, golpéame sólo con la vara”.
(8) Y Él: “No quieres ser golpeada, Yo me voy”.
(9) Y ha desaparecido sin darme tiempo de pedirle que me golpeara como a Él le agradara.
¡Oh! cómo he quedado pensativa y afligida, pero Él que es tan bueno me perdonará.
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8-17
Noviembre 18, 1907
El alma viviendo su nada se llena de Dios.
(1) Encontrándome en mi habitual estado ha venido el bendito Jesús, y en cuanto lo he visto
he dicho: “Dulce vida mía, cómo me he hecho mala, me siento reducida en la nada, nada siento
en mí, todo es vacío, sólo siento en mi interior un embeleso, y en este embeleso te espero a Ti,
que me llenes, pero en vano espero este llenarme, más bien me siento regresar siempre en la
nada”.
(2) Y Jesús: “¡Ah! hija mía, ¿y tú te afliges porque te sientes reducida en la nada? Más bien
te digo que por cuanto más la criatura se reduce en la nada, tanto más es llenada del Todo, y si
fuera aun una sombra de sí que deja, esa sombra impide que Yo me pueda dar todo, todo al
alma; y tu regresar siempre en la nada significa que vas perdiendo tu ser humano para readquirir
el Divino”.
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8-18
Noviembre 21, 1907
Amor y unión que hay entre Creador y criatura.
(1) Continuando mi habitual estado, estaba uniéndome con Nuestro Señor, haciendo uno solo
su pensamiento, su latido, su respiro y todos sus movimientos con los míos, y ponía la intención
de ir a todas las criaturas para dar a todas todo esto, y como estaba unida a Jesús en el huerto
de los olivos, daba también a todos y a cada uno, y aun a las almas purgantes, todas sus gotas
de sangre, sus oraciones, sus penas y todo el bien que Él hizo, a fin de que todos los respiros,
los movimientos, los latidos de las criaturas quedasen reparados, purificados, divinizados, y la
fuente de todo bien, la cual son sus penas, fueran remedio para todos. Mientras esto hacía, el
bendito Jesús en mi interior me ha dicho:
(2) “Hija mía, con estas intenciones tuyas me hieres continuamente, y como las haces
frecuentemente, una flecha no espera a la otra y siempre quedo herido de nuevo”.