(2) “Todas las obras de Dios son perfectas, y su perfección se conoce por ser redondas o a
lo más cuadradas, tanto que ninguna piedra es colocada en la Jerusalén Celestial que no sea
redonda o cuadrada”.
(3) Yo no entendía nada de esto, pero hacía por ver la bóveda del cielo y veía en ella las
estrellas, el sol, la luna, y también la misma forma de la tierra, todas redondas, pero no entendía
el significado de esto, y el Señor ha agregado:
(4) “La redondez es la igualdad en todas las partes, así que el alma para ser perfecta debe
ser igual en todos los estados, en todas las circunstancias, sean prósperas o adversas, dulces
o amargas. La igualdad debe circundarla en todo, para formarla al modo de un objeto redondo,
de otra manera, si no es igual en todas las cosas, no podrá entrar bella y pulida a formar parte
de la Jerusalén Celestial, y no podrá adornar a modo de estrella la patria de los bienaventurados,
así que por cuanto más el alma es igual en todo, tanto más se acerca a la perfección divina”.
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8-12
Octubre 3, 1907
Cómo el propio yo vuelve esclavo a Dios.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, el bendito Jesús no venía, y yo estaba desgarrada
por el dolor de su privación, y no sólo por esto, sino por el pensamiento de que mi estado de
víctima no fuera más Voluntad de Dios; me parece haberme vuelto nauseante ante la presencia
de Dios, digna sólo de ser aborrecida. Ahora, mientras esto pensaba, en cuanto ha venido Jesús
me ha dicho:
(2) “Hija mía, quien elige al propio yo, aun por un momento, reprime la Gracia, se hace dueño
de sí mismo y vuelve esclavo a Dios”.
(3) Después ha agregado: “La Voluntad de Dios hace tomar la posesión Divina, pero la
obediencia es la llave para abrir la puerta y entrar en esta posesión”.
(4) Dicho esto ha desaparecido.
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8-13
Octubre 4, 1907
La cruz injerta la Divinidad en la humanidad.
(1) Continuando mi habitual estado de privaciones, y por lo tanto con pocos sufrimientos,
estaba diciendo para mí: “No sólo de Jesús estoy privada, sino que también el bien de los
sufrimientos me es quitado. ¡Oh Dios!, por todas partes quieres usar fierro y fuego y tocarme en
las cosas más amadas por mí, y que formaban mi misma vida: Jesús y la cruz. Si a Jesús le soy
abominable por mis ingratitudes, tiene razón en no venir, pero tú, oh cruz, a ti ¿qué te he hecho
que tan bárbaramente me has dejado? ¡Ah! ¿tal vez no te he puesto buena cara cuando has
venido? Recuerdo que te amaba tanto que no sabía estar sin ti, y algunas veces te prefería aun
sobre el mismo Jesús; yo no sabía qué cosa me habías hecho que no sabía estar sin ti, ¿no
obstante me has dejado? Es verdad que muchos bienes me has hecho, tú eras el camino, la
puerta, la estancia, el secreto, la luz en la cual encontraba a Jesús, por eso te amaba tanto, y
ahora todo ha terminado para mí”. Mientras esto pensaba, en cuanto ha venido el bendito Jesús
me ha dicho: