8-7
Julio 17, 1907
Verdadera señal para conocer si se vive en la Divina Voluntad.
(1) Continuando mi habitual estado, en cuanto ha venido el bendito Jesús me ha dicho:
(2) “Hija mía, la verdadera señal para conocer si el alma vive en mi Voluntad, es que todo lo
que le sucede, en cualquier cosa se desenvuelve la paz, porque mi Voluntad es tan perfecta y
santa que no puede producir ni siquiera la sombra de la turbación. Así que si en los conflictos,
mortificaciones, amarguras, se siente turbada, no puede decir que está dentro de mi Voluntad;
a lo más, si se siente resignada y al mismo tiempo turbada, puede decir que está a la sombra
de mi Voluntad, porque estando fuera es dueña de sentirse a sí misma, pero adentro no”.
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8-8
Julio 19, 1907
En la Divina Voluntad no entran ni arideces, ni tentaciones, ni defectos.
(1) Habiendo hablado con una persona sobre la Voluntad de Dios, se me había salido decirle
que estando en la Voluntad de Dios y sintiéndose árida se encontraría también en paz. Después,
encontrándome en mi habitual estado, el bendito Jesús me ha corregido diciéndome:
(2) “Hija mía, pon mucha atención cuando hablas de mi Voluntad, porque mi Voluntad es tan
feliz, que forma nuestra misma bienaventuranza, y la voluntad humana es tan infeliz, que si
pudiese entrar en la nuestra destruiría nuestra felicidad y nos haría guerra; por eso en mi
Voluntad no entran ni arideces, ni tentaciones, ni defectos, ni inquietudes, ni frialdades, porque
mi Voluntad es luz y contiene todos los gustos posibles; la voluntad humana no es otra cosa que
una gotita de tinieblas, toda llena de disgustos. Así que si el alma está ya dentro de mi Querer,
antes de entrar, al contacto con mi Querer la luz le ha disipado la gotita de las tinieblas para
poderla tener en sí, el calor ha derretido el hielo y la aridez, los gustos divinos han quitado los
disgustos, mi felicidad la ha liberado de todas las infelicidades”.
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8-9
Agosto 6, 1907
No ve otra cosa que castigos.
(1) Continuando mi habitual estado, me encontraba fuera de mí misma dentro de una iglesia,
y me parecía ver a una bellísima señora con sus senos tan llenos de leche, que parecía que se
le quisiera abrir la piel. Después, llamándome me dijo:
(2) “Hija mía, éste es el estado de la Iglesia, está llena de amarguras internas, y aunado a
éstas está en acto de recibir las amarguras externas. Sufre tú un poco para mitigarlas en algo”.
(3) Y mientras esto decía, parecía que se abriese los senos, y llenando su mano con leche
me la daba a beber; era amarguísima y producía tantos sufrimientos que yo misma no sé decirlo.
En ese momento veía que hacían revoluciones, entraban en las iglesias, despojaban altares, los
quemaban, atentaban contra sacerdotes, rompían estatuas, y miles de otros insultos e infamias.