tenían razón porque juzgaban lo externo, además, siendo yo tan mala no es de maravillarse que
los otros se escandalizaran de mí. Después de algunos días, viniendo el buen Jesús me ha
dicho:
(8) “Hija mía, consuélate, porque quiero decirte y hacerte ver dónde está tu madre y como tú,
tanto antes como después de habérmela Yo traído me has ofrecido continuamente lo que Yo
merecí, hice y sufrí en el curso de mi Vida en su favor, por esto ella ahora se encuentra tomando
parte en todo lo que Yo hice y goza de mi Humanidad, quedándole aún oculta mi Divinidad, que
en breve le será también develada, y el fuego que tú sientes y tus oraciones han servido para
exentarla de cualquier otra pena de sentido, que a todos corresponden, porque mi justicia,
tomando de ti la satisfacción, no podía tomarla de las dos”.
(9) En ese momento, me parecía ver a mi madre dentro de una inmensidad que no tenía
confines, y en esta inmensidad había tantos gozos y alegrías por cuantas palabras,
pensamientos, suspiros, obras y sufrimientos, latidos, en suma, todo lo que contenía la
Humanidad Santísima de Jesucristo. Comprendía que es un segundo paraíso para los
bienaventurados, y que todos para entrar al paraíso de la Divinidad deben pasar por éste de la
Humanidad de Cristo. Así que para mi madre había sido un singularísimo privilegio reservado a
poquísimos, el no haber tocado otro purgatorio; sin embargo comprendía que si bien no estaba
en tormentos, sino más bien en gozos, su felicidad no era perfecta, sino casi a la mitad.
(10) Sean dadas las gracias al Señor por esto. Yo continué sufriendo durante doce días, tanto
que me encontré al borde de la muerte, pero habiéndose interpuesto la obediencia para hacer
que ese hilo de vida que me quedaba no se rompiera, he regresado a mi estado natural. Yo no
sé, parece que esta obediencia tiene un arte mágico sobre mí, pero el Señor pronto la hará
perder su autoridad para llevarme con Él. Yo sentía un descontento porque la obediencia se
atraviesa para no dejarme ir al Cielo, y en esto Jesús me ha dicho;
(11) “Hija mía, los bienaventurados en el Cielo me dan tanta gloria por la unión perfecta de su
voluntad con la mía, que su vida es una reproducción de mi Querer, hay tanta armonía entre Yo
y ellos, que su aliento, su respiro, los movimientos, los gozos, y todo lo que constituye la
bienaventuranza de ellos, es efecto de mi Querer; sin embargo te digo que el alma aún viadora,
si está unida con mi Querer de modo que no se separa jamás de Él, su vida es de Cielo, y Yo
recibo de ella la misma gloria, pero tomo más gusto y complacencia de ella, porque lo que hacen
los bienaventurados lo hacen sin sacrificios y con gozos, mientras que lo que hacen los viadores
lo hacen con sacrificio y con padecimientos, y donde hay sacrificio Yo tomo más gusto y me
complazco de más, y los mismos bienaventurados, viviendo en mi Querer, como el alma también
viviendo en mi Voluntad forma una misma vida, participan en el gusto que Yo tomo del alma
viadora”.
(12) Recuerdo que en otra ocasión estando yo con el temor de que mi estado fuera obra del
demonio, el buen Jesús me dijo:
(13) “Hija mía, el demonio también sabe hablar de virtud, pero mientras habla de virtud, en el
interior arroja repugnancia, odio a la misma virtud; así que la pobre alma se encuentra en
contradicción y sin fuerza para practicar el bien. En cambio cuando soy Yo el que habla, siendo
Yo verdad, mi palabra está llena de vida, no es estéril sino fecunda, así que mientras hablo
infundo amor a la virtud y produzco la misma virtud en el alma, porque la verdad es fuerza, es
luz, es sostén y una segunda naturaleza para el alma que se deja guiar por la verdad”.
(14) Continúo diciendo que apenas habían pasado unos diez días de la muerte de mi madre,
mi padre cayó gravemente enfermo, y el Señor me hacía comprender que también él iba a morir;
yo le hice el don anticipado y repetí lo que había hecho por mi madre para que tampoco a mi
padre lo hiciera tocar el purgatorio, pero el Señor se mostraba más reacio y no me escuchaba;
yo temía mucho, no por su salvación porque el buen Jesús me había hecho la solemne promesa,
desde hace casi quince años, de que de todos los míos y de aquellos que me pertenecen
ninguno se perdería; pero temía mucho por el purgatorio. Yo le rogaba continuamente, el buen
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