Jesús casi no venía. Sólo el día en que mi padre moría, después de una enfermedad de quince
días, el bendito Jesús se hizo ver todo benigno, vestido de blanco, como si estuviera de fiesta y
me dijo:
(15) “Hoy espero a tu padre, y por amor tuyo me haré encontrar no como juez, sino como
padre benigno, lo acogeré entre mis brazos”.
(16) Yo insistí por lo del purgatorio, pero no me prestó atención, y desapareció. Muerto mi
padre, no me vino ningún sufrimiento nuevo como sucedió con mi madre, y por esto entendí que
había ido al purgatorio. Yo rogaba y volvía a rogar, pero Jesús se hacía ver sólo como
relámpago, sin darme tiempo de nada, y por añadidura ni siquiera podía llorar, porque no tenía
con quien hacerlo, y Aquél que es el único que podía escuchar mi llanto me rehuía. Adorables
juicios de Dios en sus modos.
(17) Después de dos días de penas internas, mientras veía al bendito Jesús y le preguntaba
por mi padre, lo oí detrás de las espaldas de Jesucristo, como si estallara en llanto y pedía
ayuda, y desaparecieron. Yo quedé lacerada en el alma por esto y rezaba, finalmente, después
de seis días, encontrándome en mi acostumbrado estado, me encontré fuera de mí misma,
dentro de una iglesia en la que estaban muchas almas purgantes, yo pedía a Nuestro Señor que
al menos hiciera venir a mi padre dentro de la iglesia a hacer su purgatorio, porque veía que
estas almas, en las iglesias, están en constantes alivios por las oraciones y misas que se dicen,
pero mucho más por la presencia real de Jesús Sacramentado, que parece que es para ellas un
continuo refrigerio. Mientras estaba en esto vi a mi padre, con un aspecto venerable, y Nuestro
Señor lo puso cerca del tabernáculo. Con esto he quedado menos lacerada en mi interior.
(18) Recuerdo confusamente que otro día viniendo el buen Jesús me hacía comprender la
preciosidad del sufrir, y yo le pedía que hiciera comprender a todos el bien que hay en el sufrir.
Y Él me dijo:
(19) “Hija mía, la cruz es un fruto espinoso, que por fuera es molesto y punzante, pero quitadas
las espinas y la cáscara se encuentra un fruto precioso y exquisito, que sólo quien tiene la
paciencia de soportar las molestias de los pinchazos puede llegar a descubrir el secreto de la
preciosidad y sabor de aquel fruto; y sólo aquél que ha llegado a descubrir este secreto lo mira
con amor, y con avidez va en busca de ese fruto sin cuidarse de los pinchazos, y todos los
demás lo miran con desdén y lo desprecian”.
(20) Y yo: “Pero dulce Señor mío, ¿cuál es este secreto que hay en el fruto de la cruz?”
(21) Y Él: “El secreto de la eterna bienaventuranza, porque en el fruto de la cruz se encuentran
tantas moneditas que sólo sirven para entrar al Cielo, y el alma con estas moneditas se
enriquece y se vuelve bienaventurada eternamente”.
(22) El resto lo recuerdo confusamente y no lo siento ordenado en mi mente, por eso paso
adelante y hago punto en esto.
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7-84
Mayo 30, 1907
Eficacia de la oración.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, por breve tiempo he visto al bendito Jesús, y yo le
rogaba por mí y por otras personas, pero lo hacía con alguna dificultad fuera de lo acostumbrado,
como si no hubiera podido obtener tanto como si hubiera rogado sólo por mí, y el buen Jesús
me ha dicho:
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