la enriquece, la inunda de luz, y para asegurarte que te contentaré, cuando muera tu madre
serás sorprendida por un fuego por el que te sentirás quemar”.
(6) Yo he quedado contenta pero no segura, porque no me había dicho aún nada de que la
llevaría directa al paraíso.
+ + + +
7-83
Mayo 9, 1907
Muerte y purgatorio de los padres de Luisa.
(1) Hace más de un mes que no escribo, y con gran repugnancia y sólo por obedecer me
pongo de nuevo a escribir. ¡Oh! Qué pena siento, sólo el pensamiento de que podría decir a mi
amado Jesús: “Mira cómo te amo de más y cómo crece mi amor, que sólo por amor tuyo me
someto a este duro sacrificio, y por cuanto duro, otro tanto puedo decir que más te amo”. Y
pensando que puedo decir a mi Jesús que lo amo más, siento la fuerza para cumplir el sacrificio
de obedecer.
(2) Entonces no recordando todo perfectamente, diré todo junto y un poco confuso lo que ha
pasado, comenzando donde lo dejé cuando estaba rogándole que se llevara a mi madre al
paraíso sin pasar por el purgatorio;
(3) El día 19 de Marzo, consagrado a San José, por la mañana encontrándome en mi habitual
estado, mi madre pasaba de esta vida al ambiente de la eternidad, y el bendito Jesús
haciéndome ver que se la llevaba me ha dicho:
(4) “Hija mía, el Creador se lleva a la criatura”.
(5) En este momento me he sentido investir por dentro y por fuera por un fuego tan vivo que
me sentía quemar las vísceras, el estomago y todo el resto, y si tomaba alguna cosa se convertía
en fuego y era obligada a vomitarla en cuanto me la comía; este fuego me consumía y me
mantenía en vida. ¡Oh! Cómo comprendía el fuego devorador del purgatorio, que mientras
consume da la vida. El fuego hace el oficio de alimento, de agua, de muerte y de vida, pero en
este estado yo era feliz, pero habiendo visto solamente que Jesús se la había llevado, pero no
me había hecho ver a dónde la había llevado, mi felicidad no era completa, y por mis mismos
sufrimientos sentía inquietud por cuáles serían los sufrimientos de mi madre si estuviese en el
purgatorio, y viendo al bendito Jesús, que en estos días casi no me ha dejado sola, lloraba y le
decía: “Dulce Amor mío, dime adonde la has llevado. Yo estoy contenta conque te la hayas
llevado porque la tienes Contigo, pero si no la tienes Contigo, esto no lo tolero y llorare tanto
hasta que me contentes”. Y Él parecía que gozaba con mi llanto y me abrazaba, me sostenía,
me secaba las lágrimas y me decía:
(6) “Hija mía, no temas, tranquilízate, y cuando te hayas tranquilizado te la haré ver, y por ello
estarás contenta; además, el fuego que tú sientes te sirva como prueba de que te he
contentado”.
(7) Pero yo seguía llorando, especialmente cuando lo veía, porque sentía en mi interior que
todavía faltaba alguna cosa a la beatitud de mi madre; lloraba tanto, que las personas que me
circundaban, que habían venido por la muerte de mi madre, viéndome llorar así, creyendo que
lloraba por la muerte de ella quedaban casi escandalizadas, pensando que yo me había
separado de la Voluntad Divina, cuando que yo más que nunca nadaba en este ambiente de la
Divina Voluntad. Pero yo no me acojo a ningún tribunal humano, porque todos son falsos, sino
sólo al divino porque está lleno de verdad. Si el buen Jesús no me condenaba, más bien me
compadecía, y para sostenerme venía más seguido, dándome casi un motivo para hacerme
llorar, porque si Él no venía, ¿con quién debía llorar para conseguir lo que quiero? Aquellos