acercado a ella preguntándole la causa de esta actitud, pero ella estaba tan avergonzada que
no podía decir palabra, y habiéndola forzado me ha dicho:
(5) “Justa justicia de Dios, que ha sellado sobre mi frente la confusión y tal temor de su
presencia, que estoy obligada a rehuirlo, obro contra mi mismo querer, porque mientras me
consumo por quererlo, otra pena me inunda y huyo de Él. ¡Oh Dios, verlo y huir de Él son penas
mortales e inexpresables! Pero me he merecido estas penas distintas de las de otras almas,
porque llevando una vida devota dejé muchas veces de comulgar por cosas de nada, por
tentaciones, por frialdades, por temores, y también, alguna vez para poder acusarme de ello
ante el confesor y hacerme oír que no recibía la comunión. Entre las almas esto se tiene como
una nada, pero Dios hace de ello un severísimo juicio, dándoles penas que superan a las otras
penas, porque son faltas más directas al amor. Además de todo esto, Jesucristo en el Santísimo
Sacramento arde de amor y por el deseo de darse a las almas, se siente morir continuamente
de amor, y el alma pudiendo acercarse a recibirlo y no haciéndolo, es más, se queda indiferente
con tantos inútiles pretextos, es una afrenta y un desprecio tal que Él recibe, que se siente
delirar, quemar, y no puede dar desahogo a sus llamas, se siente como sofocar por su amor, sin
que encuentre a quien darle parte, y casi enloqueciendo va repitiendo:
(6) “Los excesos de mis amores no son tomados en cuenta, más bien son olvidados, aun
aquellas que se dicen mis esposas no tienen ansias de recibirme y de hacerme desahogar al
menos con ellas, ¡ah, en nada soy correspondido! ¡Ah, no soy amado, no soy amado!”
(7) Y el Señor, para hacerme purgar estas faltas me ha hecho tomar parte en la pena que Él
sufre cuando las almas no lo reciben. Esta es una pena, es un tormento, es un fuego que
comparado al mismo fuego del purgatorio, se puede decir que éste es nada”.
(8) Después de esto me he encontrado en mí misma, atónita pensando en la pena de aquella
alma, mientras que para nosotros se tiene verdaderamente como una nada el dejar la santa
comunión.
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7-55
Octubre 16, 1906
Cómo cada bienaventurado es una música distinta en el Cielo.
(1) Habiendo dejado de escribir lo que sigue, la obediencia me ha ordenado que lo hiciera y
por eso lo escribo. Me parecía encontrarme fuera de mí misma, y que en el Cielo se hacía una
fiesta especial, y yo estaba invitada a esta fiesta, y parecía que cantaba junto con los
bienaventurados, porque allá no hay necesidad de aprender, sino que se siente como una
infusión en el interior, y lo que cantan o hacen los demás lo sabe hacer uno mismo. Ahora, me
parecía que cada beato fuera una tecla, o sea que él mismo fuera una música, pero todos
acordes entre ellos, una distinta de la otra; quién canta las notas de la alabanza, quién las notas
de la gloria, quién las del agradecimiento, quién las de las bendiciones, pero todas estas notas
van a reunirse en una sola nota, y ésta nota es amor. Parece que una sola voz reúne todas
aquellas voces y termina con la palabra amor. Es un resonar tan dulce y fuerte este grito, “amor”,
que todas las otras voces quedan como apagadas en este canto, “amor”. Parecía que todos los
bienaventurados quedaban por este canto – alto, armonioso, bello del “amor”, que ensordecía
todo el Cielo, – estáticos, embelesados, avivados, arrobados, participaban, se puede decir, de
un paraíso de más; ¿pero quienes eran los afortunados que gritaban de más y que hacían
resonar en todo esta nota, “amor”, y que aportaban tanta felicidad al Cielo? Eran aquellos que
habían amado más al Señor cuando vivían sobre la tierra, ¡ah!, no eran aquellos que habían
hecho cosas grandes, penitencias, milagros, ¡ah, no, jamás! Sólo el amor es el que está sobre