(2) “Hija mía, la simplicidad llena el alma de Gracia hasta difundirse fuera, así que si se quiere
restringir la Gracia en ella no se puede, porque así como el Espíritu de Dios por ser simplísimo
se difunde por todas partes sin esfuerzo ni fatiga, más bien naturalmente, así el alma que posee
la virtud de la simplicidad difunde la Gracia en otros sin ni siquiera advertirlo”.
(3) Dicho esto ha desaparecido.
+ + + +
7-49
Octubre 4, 1906
Cómo el recto obrar es viento para encender el fuego del amor.
(1) Habiendo recibido la obediencia de decir pocas palabras si alguien viniera, estaba con
temor de haber faltado a la obediencia, con el agregado de que el bendito Jesús no venía.
¿Quién puede decir el desgarro de mi alma, al pensar que por haber cometido pecado no venía?
Es siempre desgarro cruel su privación, pero el pensamiento de haber dado ocasión por alguna
falta, es desgarro que hace enloquecer y que mata de un solo golpe. Entonces, después de
haber esperado mucho ha venido y me ha tocado tres veces diciéndome:
(2) “Hija mía, te renuevo en la Potencia del Padre, en mi Sabiduría, y en el Amor del Espíritu
Santo”.
(3) Lo que he sentido, no sé decirlo, después parecía que se acostaba en mí, y apoyaba su
cabeza coronada de espinas sobre mi corazón, y ha agregado:
(4) “El recto obrar mantiene siempre encendido el Amor Divino en el alma, y el obrar no recto
lo va siempre apagando, y si hace por encenderlo, ahora viene el soplo del amor propio y lo
apaga, ahora el respeto humano, ahora la propia estima, ahora el soplo del deseo de agradar a
los demás, en suma, tantos soplos que lo van siempre apagando, en cambio, el recto obrar, no
son tantos soplos que encienden este fuego divino en el alma, sino un continuo soplo que lo
tiene siempre encendido, y es el soplo omnipotente de un Dios”.
+ + + +
7-50
Octubre 5, 1906
Jesús es dueño del alma.
(1) Continuando mi habitual estado, me he encontrado fuera de mí misma junto con Jesús
niño. Esta vez parecía que tenía ganas de jugar, se apretaba a mi pecho, a mis brazos, y
mientras me miraba con mucho amor, ahora me abrazaba, ahora con su cabecita me empujaba
casi golpeándome, ahora me besaba tan fuerte que parecía que me quisiera encerrar y fundirme
dentro de Sí, y mientras esto hacía yo sentía un gran dolor, tanto que me sentía desfallecer, y
Él a pesar de que me veía sufrir así, no me prestaba atención, es más, si veía en mi rostro que
yo sufría, porque no me atrevía a decirle nada, lo hacía más fuerte, me hacía sufrir más. Ahora,
después de que se ha desahogado bien me ha dicho:
(2) “Hija mía, Yo soy tu dueño y puedo hacer de ti lo que quiero. Has de saber que siendo tú
cosa mía, no eres dueña de ti, y si actúas por tu propio arbitrio, aun en un pensamiento, en un
deseo, en un latido, debes saber que me harías un hurto”.
(3) En este momento veía al confesor, que no estando bien quería como aliviar sus
sufrimientos sobre mí, y Jesús a toda prisa con la mano lo ha rechazado, y ha dicho: