6-138
Octubre 20, 1905
La Justicia Divina convierte el fuego del pecado en fuego de castigo.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, después de haber esperado mucho, en cuanto ha
venido el bendito Jesús, casi en acto de mandar castigos, me ha dicho:
(2) “Hija mía, el pecado es fuego, mi justicia es fuego. Ahora, debiendo mi justicia mantenerse
siempre igual, siempre justa en su obrar, y no recibir en sí ningún fuego profano, cuando el fuego
del pecado quiere unirse al suyo, lo derrama sobre la tierra, convirtiéndolo en fuego de castigo”.
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6-139
Octubre 24, 1905
Las miserias de la naturaleza humana, sirven para
reordenar en ella el orden de todas las virtudes.
(1) Considerando mi miseria, la debilidad de la naturaleza humana, me sentía ser un objeto
abominable a mí misma, e imaginaba cómo soy más abominable ante Dios, y decía entre mí:
“Señor, cómo se ha hecho fea la naturaleza humana”. Y viniendo me ha dicho:
(2) “Hija mía, nada ha salido de mis manos que no sea bueno, más bien he creado la
naturaleza humana bella, pero de apariencia engañosa, y si el alma la ve despreciable,
purulenta, débil, abominable, esto sirve a la naturaleza humana como sirve el estiércol a la tierra,
que quien no entiende del todo diría: Loco aquél que ensucia el terreno con esta suciedad,
mientras que quien entiende sabe que esa suciedad sirve para fecundar la tierra, para hacer
crecer las plantas y hacer más bellos y sabrosos los frutos. Así que he creado la naturaleza
humana con estas miserias para reordenar en ella el orden de todas las virtudes, de otra manera
quedaría sin el ejercicio de las verdaderas virtudes”.
(3) Entonces veía en mi mente la naturaleza humana como si estuviera toda llena de hoyos,
y en estos hoyos estaba el pus, el fango, y de dentro salían ramas cargadas de flores y frutos.
Por eso comprendía que el todo está en el uso que hagamos de ella, incluso de las mismas
miserias.
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6-140
Noviembre 2, 1905
El alma debe uniformarse a la Divina Voluntad,
y el alma que se comporta de este modo,
Jesús la hace vivir de Él y en Él.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, estaba muy afligida por la privación de mi adorable
Jesús, y estaba diciendo: “¡Ah Señor! Yo no quiero otra cosa que a Ti, no encuentro otro
contento mas que en Ti sólo, ¿y Tú me has dejado tan cruelmente?” Mientras esto decía, ha
salido de dentro de mi interior y me ha dicho: