6-86
Diciembre 4, 1904
Es más fácil combatir con Dios que con la obediencia.
(1) Estando muy agitada, y con el temor de que el bendito Jesús no me quería más en este
estado, sentía una fuerza interna para salir, y tanta era la fuerza que sentía, que no pudiendo
contenerla iba repitiendo: “Me siento cansada, no puedo más”. Y en mi interior oía decirme:
“También Yo me siento cansado, no puedo más, algún día es necesario que quedes suspendida
del todo del estado de víctima, para hacerlos tomar la decisión de las guerras, y después te haré
caer de nuevo, y cuando se hagan las guerras se pensará qué se hará de ti”. Yo no sabía qué
hacer, la obediencia no quería, y combatir con la obediencia es lo mismo que superar un monte
que llena la tierra y toca el cielo y no hay camino para poder caminar, por lo tanto es inaccesible.
Yo creo, no sé si sea una locura, que es más fácil combatir con Dios que con esta terrible virtud.
Entonces, agitada como estaba me he encontrado fuera de mí misma ante un crucifijo y decía:
“Señor, no puedo más, mi naturaleza desfallece, me falta la fuerza necesaria para continuar el
estado de víctima, si quieres que continúe dame la fuerza, de otra manera yo me retiro”.
Mientras esto decía, aquel crucifijo hacía brotar una fuente de sangre hacia el Cielo, que
volviendo a caer a la tierra se convertía en fuego. Y algunas vírgenes decían: Por Francia,
Italia, Austria e Inglaterra, y nombraban otras naciones que yo no he entendido bien. Hay
gravísimas guerras preparadas, civiles y de gobiernos. Yo al oír esto me he asustado mucho, y
me he encontrado en mí misma, y no sabía yo misma decidir a quién debía seguir, o a la fuerza
interna que me impulsaba a levantarme, o a la fuerza de la obediencia que me impulsaba a
quedarme, porque ambas son fuertes y potentes sobre mi débil y pobre corazón. Hasta ahora
parece que prevalece la obediencia, si bien trabajosamente, y no sé dónde iré a terminar.
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6-87
Diciembre 6, 1904
El principio de la bienaventuranza
eterna es el perder todo gusto propio.
(1) Continuaba esperando, y en cuanto ha venido el bendito Jesús yo me veía desnuda,
despojada de todo; tal vez alma más miserable no se puede encontrar, tan extrema es mi
miseria. ¡Qué cambio tan funesto! Si el Señor no hace un nuevo milagro de su omnipotencia
para hacerme resurgir de este estado, seguro me moriré de miseria. Entonces el bendito Jesús
me ha dicho:
(2) “Hija mía, ánimo, el principio de la bienaventuranza eterna es el perder todo gusto propio,
porque según el alma va perdiendo los propios gustos, así los gustos divinos toman posesión
en ella, y el alma habiéndose deshecho y perdido a sí misma, no se reconoce más a sí misma,
no encuentra más nada suyo, ni siquiera las cosas espirituales; y Dios viendo al alma que no
tiene más nada de lo suyo, la llena de todo Sí mismo y la llena de todas las felicidades divinas,
y entonces el alma puede decirse verdaderamente bienaventurada, porque mientras tenía
alguna cosa propia no podía estar exenta de amarguras y temores, ni Dios podía comunicarle