meter los clavos, y me acercaban a Él mostrándole mis sufrimientos, y cuanto más sufría, más
parecía que el Señor se apaciguaba, y cuando lo han visto más apaciguado y casi enternecido
por mi sufrir, me han dejado y se han ido, dejándome sola con nuestro Señor. Entonces Él
mismo me asistía y sostenía, y viéndome sufrir, para reanimarme me ha dicho:
(4) “Hija mía, mi Vida se manifiesta en las criaturas con las palabras, con las obras y con los
sufrimientos, pero lo que la manifiesta más claramente son los sufrimientos”.
(5) Mientras estaba en esto ha venido el confesor para llamarme a la obediencia, y en parte
por los sufrimientos, y en parte porque el Señor no me dejaba, no podía obedecer. Entonces
me he lamentado con mi Jesús, diciéndole: “Señor, ¿Cómo es que se encuentra el confesor a
esta hora? ¿Justo ahora debía venir?”
(6) Y Él: “Hija mía, déjalo que esté un poco con nosotros y que participe también en mis
gracias. Cuando uno continuamente frecuenta una casa, participa del llanto y de la risa, de la
pobreza y de la riqueza; así es del confesor, ¿no ha participado de tus mortificaciones y
privaciones? Ahora participa de mi presencia”.
(7) Entonces parecía que le participaba la fuerza divina diciéndole: “La Vida de Dios en el
alma es la esperanza, y por cuanto esperes, tanto de Vida Divina contienes en ti mismo, y así
como la Vida Divina contiene potencia, sabiduría, fortaleza, amor y otras cosas, así el alma se
siente regar por tantos arroyos por cuantas son las virtudes divinas, y la Vida Divina crece
siempre en ti mismo; pero si no esperas, en lo espiritual, y por lo espiritual participará también
lo corporal, la Vida Divina se irá consumiendo hasta apagarse del todo, por eso espera, espera
siempre”.
(8) Después, con esfuerzo he recibido la comunión, y después me he encontrado fuera de mí
misma y veía tres hombres en forma de tres caballos indómitos que se desenfrenaban en
Europa, haciendo tantos estragos de sangre, y parecía que querían envolver como dentro de
una red a la mayor parte de Europa en guerras encarnizadas, todos temblaban a la vista de
estos diablos encarnados, y muchos quedaban destruidos.
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6-38
Mayo 1, 1904
El ojo que se deleita sólo de las cosas del Cielo, tiene la
virtud de ver a Jesús, y quien se deleita de las cosas de
la tierra, tiene la virtud de ver las cosas de la tierra.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, estaba pensando en nuestro Señor, cuando
habiendo llegado al monte calvario fue desnudado del todo y amargado con hiel, y le rogaba
diciéndole: “Adorable Señor mío, no veo en Ti mas que una vestidura de sangre adornada de
llagas, y por gusto y deleite amarguras de hiel, por honor y gloria confusiones, oprobios y cruces.
¡Ah! no permitas que después de que Tú has sufrido tanto, que yo no vea las cosas de esta
tierra más que como estiércol y fango, que no me tome otro placer que en Ti sólo, y que todo mi
honor no sea otro que la cruz”. Y Él haciéndose ver me ha dicho:
(2) “Hija mía, si tú hicieras de manera diferente perderías la pureza de la mirada, porque
haciéndose un velo a la vista perderías el bien de verme, porque el ojo que se recrea sólo de
las cosas del Cielo tiene la virtud de verme, y quien se recrea de las cosas de la tierra tiene la