6-26
Marzo 14, 1904
Por la necesidad de los tiempos, Jesús
pide el silencio porque quiere castigar.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, después de mucho esperar, el bendito Jesús ha
salido de mi interior, y yo queriendo hablar me ha puesto el dedo en la boca diciéndome:
(2) “Calla, calla”.
(3) Yo he quedado mortificadísima y no he tenido más valor de abrir la boca, y el bendito
Jesús viéndome tan mortificada ha agregado:
(4) “Hija mía queridísima, la necesidad de los tiempos trae el silencio, porque si tú me hablas,
tu palabra ata mis manos y jamás llego a los hechos de castigar como conviene, y estamos
siempre de cabeza, por eso es necesario que entre tú y Yo tenga lugar por algún tiempo el
silencio”.
(5) Y mientras esto decía ha sacado un cartel en el cual estaba escrito: “Están decretados
flagelos, penas y guerras”. Y ha desaparecido.
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6-27
Marzo 16, 1904
La verdadera resignación no pone a escrutinio las cosas,
sino que adora en silencio las divinas disposiciones. La
cruz es alegre, jubilosa, gozosa, anhelante.
(1) Esta mañana encontrándome fuera de mí misma, me he encontrado sobre una persona
que tenía el aspecto como si estuviera vestida como una oveja, y yo era llevada sobre sus
espaldas, pero iba a paso lento; adelante iba una especie de máquina más veloz, y yo en mi
interior he dicho: “Éste va lento, quisiera ir dentro de aquella máquina que camina más veloz”.
No sé el por qué, pero apenas pensado esto me he encontrado dentro de ella en compañía de
los que iban en ella, y ellos me han dicho: “¿Qué has hecho? ¿Cómo has dejado al pastor? Y
qué pastor, pues estando su vida en los campos son suyas todas las hierbas medicinales,
nocivas y salutíferas, y estando con Él se puede estar siempre con buena salud, y si lo ves
vestido de oveja es para volverse similar a las ovejas, haciendo que ellas se le acerquen sin
ningún temor, y si bien va a paso lento, pero es más seguro”. Yo al oír esto he dicho en mi
interior: “Ya que es así, quisiera decirle alguna cosa sobre mi enfermedad”. Mientras esto
pensaba me lo he encontrado cerca de mí, y yo toda contenta me he acercado a su oído y le he
dicho: “Pastor bueno, si eres tan experto dame algún remedio para mis males, pues yo me
encuentro en este estado de sufrimientos”. Y queriendo decir más, me ha callado al decirme:
(2) “La verdadera resignación, no fantástica, no pone a escrutinio las cosas, sino que adora
en silencio las divinas disposiciones”.
(3) Y mientras esto decía, parecía que se rompía la piel de lana y veía el rostro de Nuestro
Señor, y su cabeza coronada de espinas. Yo al oír que me decía esto, no sabía más qué decir,
me quedaba en silencio contenta de estar junto con Él, y Él ha continuado:
(4) “Tú has olvidado decirle al confesor otra cosa sobre la cruz”.