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Octubre 24, 1903
Imagen de la Iglesia.
(1) Habiendo dicho al confesor mis temores de que no fuera Voluntad de Dios mi estado, y
que al menos como prueba quisiera tratar a esforzarme en salir, y ver si lo conseguía o no. Y el
confesor, sin poner su acostumbrada dificultad ha dicho: “Está bien, mañana probarás”.
(2) Entonces yo he quedado como si hubiera sido liberada de un peso enorme. Ahora,
habiendo oído la santa misa y recibido la comunión, en cuanto he visto a mi adorable Jesús en
mi interior que me miraba fijamente, con las manos juntas, en acto de pedir piedad y ayuda. Y
en ese momento me he encontrado fuera de mí misma, dentro de una estancia donde estaba
una mujer majestuosa y venerable, pero gravemente enferma, dentro de un lecho con la
cabecera tan alta que casi tocaba el techo; y yo era obligada a estar encima de esta cabecera
en brazos de un sacerdote para tenerla firme, y mirar a la pobre enferma. Entonces yo, mientras
estaba en esta posición, veía a unos pocos religiosos que rodeaban y daban cuidados a la
paciente, y con profunda amargura decían entre ellos: “Está mal, está mal, no se necesita otra
cosa que una pequeña sacudida”. Y yo pensaba en tener firme la cabecera del lecho por temor
de que moviéndose el lecho pudiese morir. Pero viendo que la cosa iba para largo y casi
fastidiándome del mismo ocio, decía a aquel que me tenía, por caridad, bájame, no estoy
haciendo ningún bien, ni dando ninguna ayuda, ¿en qué aprovecha el estarme así inútil?, si bajo
al menos puedo servirla, ayudarla”.
(3) Y aquél: “¿No has oído que aun con una pequeña sacudida puede empeorar y sucederle
cosas tristísimas? Así que si tú desciendes, no habiendo quien mantenga firme el lecho puede
incluso morir”.
(4) Y yo: “¿Pero puede ser posible que haciendo sólo esto le pueda venir este bien? Yo no lo
creo, por piedad bájame”. Entonces, después de haber repetido varias veces estas palabras,
me ha bajado al piso, y yo sola, sin que ninguno me detuviera me he acercado a la enferma, y
con sorpresa y dolor veía que el lecho se movía. A aquellos movimientos se le ponía lívida la
cara, temblaba, aparecía el estertor de la agonía. Aquellos pocos religiosos lloraban y decían:
“No hay más tiempo, está ya en los momentos extremos”. Después entraban personas
enemigas, soldados, capitanes para golpear a la enferma, y aquella mujer moribunda se ha
levantado con intrepidez y majestad para ser llagada y golpeada. Yo al ver esto temblaba como
una caña y decía entre mí: “He sido yo la causa, yo he dado el empujón para que sucediera
tanto mal”. Y comprendía que aquella mujer representaba la Iglesia enferma en sus miembros,
con tantos otros significados que me parece inútil explicar, porque se comprende leyendo lo que
he escrito. Entonces me he encontrado en mí misma y Jesús en mi interior ha dicho:
(5) “Si te suspendo para siempre, los enemigos comenzarán a hacer derramar sangre a mi
Iglesia”.
(6) Y yo: “Señor, no es que no quiera estar, el Cielo me guarde que yo me aleje de tu Voluntad
aun por un abrir y cerrar de ojos, sólo que si quieres me estaré, si no quieres me quitaré”.
(7) Y Él: “Hija mía, apenas el confesor te ha liberado, esto es, cuando te dijo: “Está bien,
mañana probamos”. El nudo de víctima se ha soltado, porque sólo el adorno de la obediencia
es lo que constituye la víctima, y jamás la aceptaría por tal sin este adorno, aun a costa, si fuese
necesario, de hacer un milagro de mi omnipotencia para dar luz a quien dirige, para hacer dar
esta obediencia. Yo sufrí, sufrí voluntariamente, pero quien me constituyó víctima fue la
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