5-12
Junio 6, 1903
Jesús le enseña cómo debe comportarse en el
estado de abandono y de sufrimiento.
(1) Después de haber pasado días amargos de privaciones y sufrimientos, esta mañana me
he encontrado fuera de mí misma con el niño Jesús en brazos, y yo apenas lo he visto he dicho:
“¡Ah querido Jesús, cómo me dejaste sola, al menos enséñame cómo debo comportarme en
este estado de abandono y de sufrimiento!”.
(2) Y Él: “Hija mía, todo lo que tú sufres en los brazos, en las piernas y en el corazón, ofrécelo
junto con los sufrimientos de mis miembros recitando cinco gloria patri, y ofrécelo a la divina
justicia por la satisfacción de las obras, de los pasos, y de los malos deseos de los corazones,
que continuamente son cometidos por las criaturas; une además los sufrimientos de las espinas
y de los hombros recitando tres gloria patri y ofrécelos por la satisfacción de las tres potencias
del hombre, tan deformadas, de no reconocer más mi imagen en ellos, y trata de mantener tu
voluntad siempre unida a Mí, y en continua actitud de amarme; tu memoria sea la campana que
continuamente resuena en ti y te recuerde lo que he hecho y sufrido por ti, y cuántas gracias he
hecho a tu alma, para serme agradecida, porque el agradecimiento es la llave que abre los
tesoros divinos; tu inteligencia no piense, no se ocupe en otra cosa que en Dios. Si esto haces
encontraré en ti mi imagen y en ella tomaré la satisfacción que no puedo recibir de las otras
criaturas; esto lo harás continuamente, porque si continua es la ofensa, continua debe ser la
satisfacción”.
(3) Entonces yo he continuado: “¡Ah! Señor, cómo me he hecho mala, hasta golosa me he
vuelto.
(4) Y Él: “Hija mía, no temas, cuando un alma hace todo por Mí, todo lo que toma, hasta los
mismos consuelos, Yo lo recibo como si restaurase mi cuerpo sufriente, y aquellos que le son
dados los considero como si los dieran a Mí mismo, tanto que si no los dieran Yo sentiría pena
por ello; pero para quitarte toda duda, cada vez que te den algún alivio y sientas la necesidad
de tomarlo, no sólo lo harás por Mí, sino que agregarás: “Señor, intento reconfortar tu cuerpo
sufriente en el mío”.
(5) Mientras esto decía, poco a poco se ha retirado en mi interior, y yo no lo veía más y no
podía hablarle más. Sentía tal pena, que por el dolor me habría hecho pedazos para poderlo
encontrar de nuevo, entonces me he puesto a rasgar en la parte del interior porque se había
encerrado, y así lo he encontrado y con sumo dolor he dicho: “¡Ah! Señor, ¿me dejas? ¿No eres
tal vez Tú mi vida, y sin Ti no sólo el alma, sino también el cuerpo se destroza todo y no resiste
la fuerza del dolor de tu privación? Tanto, que entonces, en este caso me parece que deba morir,
mi único y solo consuelo es la muerte”. Pero mientras esto decía Jesús me ha bendecido, y de
nuevo se ha retirado en mi interior y ha desaparecido, y yo me he encontrado en mí misma.
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