5-10
Mayo 11, 1903
La paz pone en su lugar a las pasiones. La recta intención todo santifica.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, cuando apenas he visto a mi adorable Jesús me
ha dicho:
(2) “La paz pone en su lugar a todas las pasiones, pero lo que triunfa sobre todo, que establece
todo el bien en el alma y que todo santifica, es el hacer todo por Dios, es decir, obrar con recta
intención de agradar sólo a Dios. El recto obrar es lo que dirige, lo que domina, que rectifica las
mismas virtudes, hasta la misma obediencia; en suma es como un maestro que dirige la música
espiritual del alma”.
(3) Dicho esto, como un relámpago ha desaparecido.
+ + + +
5-11
Mayo 20, 1903
Ofrece su vida por la Iglesia y por el triunfo de la verdad.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, me he encontrado fuera de mí misma, con el
bendito Jesús en brazos en medio de mucha gente, las cuales con fierros, espadas, cuchillos,
trataban, quién de golpear, quién herir, y quién cortar los miembros de Nuestro Señor; pero por
cuanto hacían y se esforzaban no podían hacer ningún mal, por el contrario, los mismos
cuchillos, por cuan afilados y cortantes, perdían su actividad y se volvían inútiles. Jesús y yo
estábamos sumamente afligidos al ver la brutalidad de aquellos corazones deshumanizados,
que si bien veían que no podían hacer nada, al mismo tiempo repetían los golpes tratando de
tener éxito en su intento; y que si ningún daño hacían era porque no podían. Aquellos se
enfadaban porque sus armas resultaban inútiles, y no podían efectuar su resuelta voluntad de
hacer daño a Nuestro Señor, y decían entre ellos: “¿Y por qué no podemos hacer nada? ¿Cuál
es la causa? Parece que otras veces habíamos podido alguna cosa, pero encontrándose en
brazos de ésta no podemos hacer nada; probemos para ver si podemos hacer daño a ésta y
quitárnosla de enfrente”. Mientras esto decían, Jesús se ha puesto a mi lado y ha dado libertad
a aquellos de hacer lo que quisieran. Entonces, antes que aquellos me pusieran la mano encima
he dicho: “Señor, ofrezco mi vida por la Iglesia y por el triunfo de la verdad, acepta te ruego mi
sacrificio”.
(2) Y aquellos han tomado una espada y me truncaban la cabeza. Jesús bendito aceptaba mi
sacrificio, pero mientras esto hacían, en el acto de cumplir el sacrificio me he encontrado en mí
misma con sumo disgusto mío, mientras creía haber llegado al punto de mis deseos, por el
contrario he quedado desilusionada.
+ + + +