9
I. M. I.
5-1
(1) En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
(2) Señor, ven en mi ayuda, ata esta mi voluntad rebelde que quiere siempre resistir contra la
santa obediencia, y me pone en tal estrechez, que mientras a veces parece muerta, entonces
más que nunca, como serpiente la siento viva y me roe por dentro, por eso átame con nuevas
cuerdas, es más, lléname de tu santa y adorable Voluntad hasta desbordar fuera, de manera
que mi voluntad quede consumida en la tuya, y entonces podré tener la felicidad de no luchar
más contra la santa obediencia. Y tú, oh santa obediencia, perdóname si te hago siempre la
guerra y dame la fuerza para poderte seguir en todo plácidamente, aunque a veces parece que
yo tenga toda la razón. ¡Cómo luchar contra ti, como en este escribir por cuenta del confesor!
pero bueno, hagamos silencio, no hagamos más demoras y comencemos a escribir.
(3) Como mi pasado confesor se encontraba muy ocupado, mucho más que en el curso de
los años en que él me dirigía, cuando no podía él venir venía el confesor presente, pero yo no
había pensado jamás que debía encontrarme en las manos de éste, sobre todo que yo estaba
contenta con aquel y en él tenía toda mi confianza. Cerca de un año y medio antes de que el
presente fuera mi confesor, estando en mi acostumbrado estado, el bendito Jesús me dijo no
estar contento con que mi pasado confesor no se ocupara más de mi interior, y del modo como
él concurría con Nuestro Señor sobre mi estado, diciéndome que:
(4) “Cuando pongo en las manos del confesor almas víctimas, el trabajo de su interior debe
ser continuo, por eso dile: O me corresponde, o te pongo en manos de cualquier otro”.
(5) Y yo: “Señor, ¿qué dices, quién será tan paciente que deberá tomar esta cruz de venir
cada día a sacrificarse como este confesor?”
(6) Y Jesús: “Le daré luz, nombrando al presente confesor, y vendrá”.
(7) Y yo: “Cuán imposible es que él tome esta cruz”.
(8) Y Jesús: “Sí, vendrá, y además, cuando no me oiga a Mí mandaré a mi Madre, y él que la
ama, no le negará este favor; porque, ciertamente que a quien verdaderamente se ama no se le
niega nada. Sin embargo quiero ver otro poco qué cosa hace éste, y dile todo lo que te he dicho”.
(9) Cuando vino el confesor le narré todo, pero pobrecito, una nueva ocupación tomada por
él lo imposibilitaba a ocuparse de mi interior, se veía que no era su voluntad, sino la impotencia
por lo que no podía ocuparse de mí. Cuando se lo decía se empeñaba más, pero pronto volvía
a no ocuparse de mí, como antes. Jesús bendito se lamentaba de él, y yo se lo volvía a decir al
confesor. Un día él mismo me mandó al padre presente, y yo también con él abrí mi alma
diciéndole todo lo que he dicho, él aceptó venir y yo quedé maravillada de que había dicho que
sí, y decía entre mí: “Tenía razón Jesús”. Pero pronto cesó la maravilla, no sé decir cómo, duró
apenas cuanto dura una sombra que rápido huye, vino apenas dos o tres días y no se vio más,
también como sombra huyó y yo continuaba estando en las manos del confesor pasado,
adorando las disposiciones de Dios, yo estaba contenta con él, que tantos sacrificios había
hecho por causa mía. Después de que pasó cerca de otro año, y yo sintiendo una necesidad de
conciencia lo dije al confesor pasado y me dijo: “Te mando a Don Genaro”. Es decir al padre
presente, invistiéndose de mi necesidad.
(10) Pensativa sobre una tempestad sucedida entre ellos, Jesús ha repetido: “No muevas las
cosas, todo lo he dispuesto Yo y todo lo que ha sido hecho, ha sido bien hecho”.
9 Este libro ha sido traducido directamente del original manuscrito de Luisa Piccarreta.