(3) Ahora, mientras esto decía, nos hemos encontrado en medio de las gentes, y el bendito
Jesús, no apenas veía a uno que se apegaba a las criaturas, tomaba de aquel fajo la cruz de la
persecución y se la daba, y aquél viéndose perseguido, mal visto, quedaba desengañado y
comprendía qué eran las criaturas y que sólo Dios merece ser amado. Si algún otro se apegaba
a las riquezas, tomaba de aquel fajo la cruz de la pobreza y se la daba, y aquél viéndose
esfumadas las riquezas, empobrecido, comprendía que todo es humo acá abajo y que
verdaderas riquezas son las eternas, y por lo tanto a todo lo que es eterno apegaba su corazón.
Si otro se ataba a la propia estima, al saber, el bendito Jesús con toda dulzura tomaba la cruz
de las calumnias y de las confusiones y se la daba, y aquél, confundido, calumniado, se quitaba
como una máscara y comprendía su nada, su ser, y todo su interior lo ordenaba en orden sólo
a Dios y no más a sí mismo. Y así de todas las otras cruces. Después de esto mi adorable Jesús
me ha dicho:
(4) “¿Has visto la causa por la que tengo este fajo de cruces en los brazos? El amor hacia las
criaturas me obliga a tenerlo, estando en continua actitud hacia ellas; siendo la cruz el
desengaño primario y el primero que juzga el obrar de las criaturas, de modo que si la criatura
se rinde, la cruz le hará evitar el juicio de Dios, dándome por satisfecho cuando uno en vida se
somete al juicio de la cruz; pero si no se rinde, se encontrará en el ambiente del segundo
desengaño de la muerte, y será juzgado con un estrechísimo rigor por Dios, mucho más por
haber escapado del juicio de la cruz, que es juicio todo de amor”.
(5) Después de esto ha desaparecido, y yo comprendía también que es verdad que Jesús
ama la cruz, pero muchas veces el hombre mismo incita, provoca a Jesús a darle la cruz, porque
si estuviese ordenado en orden a Dios, a sí mismo y a las criaturas, no viendo en él ningún
desorden, el Señor se las quedaría y daría la paz.
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Jesús la lleva a ver el mundo y dice “Ecce homo”. 8
4-181
Marzo 6, 1903
(1) Después de haber esperado mucho, el bendito Jesús se hacía ver dentro de mi interior,
diciéndome:
(2) “¿Quieres que vayamos a ver si las criaturas me quieren?”
(3) Y yo: “Seguro que te querrán; siendo Tú el Ser más amable, ¿quién tendrá la osadía de
no quererte?”
(4) Y Él: “Vayamos y después verás lo que harán”.
(5) Nos hemos ido, y cuando llegamos a un punto donde había mucha gente, ha sacado su
cabeza de dentro de mi interior y ha dicho aquellas palabras que dijo Pilatos cuando lo mostró
al pueblo: “Ecce Homo”. Y comprendía que aquellas palabras significaban si querían que el
Señor reinase como su Rey, y tuviese el dominio en sus corazones, en las mentes, y obras; y
aquellos respondieron: “Quítenlo, no lo queremos, más bien crucifíquenlo, a fin de que sea
destruida toda memoria suya”. ¡Oh, cuántas veces se repiten estas escenas! Entonces el Señor
ha dicho a todos: “Ecce Homo”.
(6) Al decir esto sucedió un murmullo, una confusión, quién decía: “No lo quiero por Rey mío,
quiero la riqueza, otro el placer, otro el honor, quién las dignidades y quién tantas otras cosas
más. Con horror yo escuchaba estas voces y el Señor me ha dicho:
8 He aquí al hombre.
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