4-166
Diciembre 26, 1902
Las calumnias, las persecuciones, las
oposiciones, sirven para justificar al hombre.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, me sentía toda oprimida y con temor de recibir
persecuciones, oposiciones, calumnias, no sólo yo, pues de mí no me preocupo porque soy una
pobre criatura que valgo nada, sino por el confesor con otros sacerdotes. Así que sentía el
corazón aplastado por este peso, sin poder encontrar calma. En este momento ha venido mi
adorable Jesús diciéndome:
(2) “Hija mía, ¿por qué estarte turbada e inquieta perdiendo el tiempo? Por tus cosas no hay
nada, y además todo es providencia divina que permite las calumnias, las persecuciones, las
oposiciones, para justificar al hombre y hacerlo regresar a la unión con el Creador, a solas, sin
apoyo humano, como salió al ser creado. Y he aquí cómo el hombre, por cuan bueno y santo
fuese, siempre le queda alguna cosa de espíritu humano en su interior, como también en su
exterior no es perfectamente libre, siempre tiene alguna cosa de humano en la que espera,
confía y se apoya, y por la cual quiere obtener estima y respeto, así que la providencia divina
hace que sople un poco el viento de las calumnias, persecuciones y oposiciones, ¡oh!, qué
destructora granizada recibe el espíritu humano, porque el hombre viéndose combatido, mal
visto, despreciado por las criaturas, no encuentra más satisfacción entre ellas; más bien le viene
a faltar todo junto: Ayudas, apoyos, confianza y estima, y si antes iba en busca de ellas, después
él mismo les huye, porque adonde se vuelve no encuentra más que amarguras y espinas. Así
que, reducido a este estado permanece solo, y el hombre no puede estar, ni está hecho para
estarse solo, ¿qué hará el pobrecito? Se volverá todo, sin el mínimo estorbo a su centro Dios, y
Dios se dará todo a él, y el hombre se dará todo a Dios, aplicando su inteligencia en conocerlo,
su memoria en recordarse de Dios y de sus beneficios, la voluntad a amarlo. Y he aquí hija mía,
justificado, santificado y rehecha en su alma la finalidad para la cual fue creado. Y aunque
después le convendrá tratar con las criaturas, si ve que se le ofrecen ayudas, apoyos, estima,
los recibe con indiferencia, conociendo por experiencia quiénes son, y si se sirve de ellas lo hace
sólo cuando ve en ello el honor y la gloria de Dios, quedándose siempre sólo Dios y él”.
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4-167
Diciembre 30, 1902
El Señor la hace ver terremotos, destrucción
de ciudades y le habla de su Voluntad.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, me parecía ver a la Santísima Trinidad y yo en
medio de ellos, como si quisieran resolver qué cosa debían hacer con el mundo. Entonces
parecía que decían:
(2) “Si al mundo no se le mandan fortísimos flagelos, todo habrá terminado para él en materia
de religión, y se volverán peor que los mismos bárbaros”.
(3) Y mientras esto decían, parecía que descendían a la tierra guerras de toda especie,
terremotos que destruían ciudades enteras y enfermedades. Yo al ver esto, temblando toda he
dicho: “Majestad Suprema, perdonad la ingratitud humana, ahora más que nunca el corazón del
hombre se ha rebelado, si se ve castigado se rebelará mayormente, agregando ultrajes a ultrajes
a vuestra Majestad”. Y una voz que salía de en medio de ellos decía:
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