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Noviembre 17, 1902
Imposibilidad de perder los sentidos. Es decreto de la Voluntad de
Dios servirse del sacerdote para recobrarla del estado de sufrimiento.
(1) Siendo la hora de ser sorprendida por mi habitual estado, con gran amargura mía, pero
amargura tal que semejante no he sentido en mi vida, mi mente no sabía más perder los
sentidos. Y mi vida, mi tesoro, Aquél que formaba todo mi gusto, mi todo amable Jesús no venía,
trataba de recogerme por cuanto podía, pero sentía tan despierta mi mente que no podía perder
los sentidos, ni dormir, por eso no hacía otra cosa que quitar el freno a las lágrimas, hacía cuanto
podía para seguir en mi interior lo que hacía en el estado de pérdida de los sentidos, y una por
una recordaba las enseñanzas, las palabras del modo como debía estarme siempre unida con
Él, y éstas eran tantas flechas que herían mi corazón acerbamente diciéndome: “¡Ay! después
de quince años que lo has visto cada día, cuándo más, cuándo menos, cuándo tres o cuatro
veces, y cuándo una, cuándo te ha hablado y cuándo en silencio, pero siempre lo has visto; pero
ahora lo has perdido, no lo ves más, no oyes más su voz dulce y suave, para ti todo ha
terminado”. Y mi pobre corazón se llenaba tanto de amarguras y de dolor, que puedo decir que
mi pan era el dolor y mi bebida las lágrimas, y tan saciada estaba de ellas que ni una gota de
agua entraba en mi garganta. A esto se agregaba otra espina, el que muchas veces había dicho
a mi adorable Jesús: “¡Cuánto temo que mi estado sea todo fantasía mía, que sea fingimiento!”
(2) Y Él me decía: “Quita estos temores, después verás que vendrán días que a costa de
cualquier esfuerzo y sacrificio que querrás hacer para perder los sentidos, no lo podrás hacer”.
(3) A pesar de todo esto sentía calma en mi interior, porque al menos obedecía, si bien me
costaba la vida. De donde creía que así debían continuar las cosas, convenciéndome de que el
Señor, como no me quería más en aquel estado, se había servido de Monseñor para darme esa
obediencia. Por lo que después de haber pasado dos días, en la noche me disponía a hacer la
adoración al crucificado, y un rayo de luz se hacía ante mi mente, me sentía abrir el corazón, y
una voz me decía:
(4) “Por pocos días te tendré suspendida, y después te haré caer de nuevo”.
(5) Y yo: “Señor, ¿me harás Tú mismo volver en mí si me haces caer?”
(6) Y la voz: “No, es decreto de mi Voluntad servirme de la obra del sacerdote para hacerte
recobrar de ese estado de sufrimientos, y si quieren saber el por qué, que vengan a Mí a
preguntarlo. Mi Sabiduría es incomprensible y tiene muchos modos inusitados para la salvación
de las almas, y si bien incomprensible, si quieren encontrar la razón, vayan al fondo que la
encontrarán clara como el sol. Mi justicia está como una nube cargada de granizo, truenos y
saetas, y en ti encontraba un dique para no descargarse sobre los pueblos, por eso no quieran
anticipar el tiempo de mi ira”.
(7) Y yo: “Sólo para mí estaba reservado este castigo, sin esperanza de ser liberada; habéis
hecho tantas gracias a las demás almas, han sufrido tanto por amor tuyo, sin embargo no tenían
necesidad de ninguna obra de sacerdote”.
(8) Y la voz ha continuado: “Serás liberada, no ahora, sino cuando comiencen los estragos en
Italia”.
(9) Esto ha sido para mí nuevo motivo de dolores y de lágrimas amarguísimas, tanto que mi
amabilísimo Jesús, teniendo compasión de mí, se ha movido en mi interior, poniendo como un
velo delante de lo que me había dicho, y sin hacerse ver me hacía oír su voz que decía:
(10) “Hija mía, ven a Mí, no quieras afligirte, alejemos un poco la justicia, demos lugar al amor,
de otra manera sucumbes; escúchame, tengo tantas cosas que enseñarte, ¿crees tú que he
terminado de hablarte? No”.
(11) Y como yo lloraba, habiéndose convertido mis ojos en dos ríos de lágrimas ha agregado:
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