4-144
Septiembre 5, 1902
Jesús, los ángeles y los santos la incitan a
irse con ellos; el confesor se opone.
(1) Continuaba sintiéndome mal, y el confesor continuaba estando firme, es más, comenzaba
a inquietarse porque no lo obedecía en lo que respecta a no morir, y le pedía al Señor que me
quitara el sufrimiento. Por otra parte me sentía incitada por Jesús bendito, por los santos, por
los ángeles, a irme con ellos, y ahora me encontraba con Jesús, y ahora con los ciudadanos
celestiales. En este estado me sentía torturada, yo misma no sabía qué hacer, sin embargo
permanecía tranquila, temiendo que si me llevaba no me encontrara lista para irme directa con
Jesús, por eso toda me abandonaba en sus manos. Ahora, mientras me encontraba en esta
situación veía al confesor y a otros que pedían para que no me hiciera morir, y Jesús me ha
dicho:
(2) “Hija mía, me siento violentado, ¿no ves que no quieren que Yo te lleve?”
(3) Y yo: “También yo me siento violentada, en verdad que poner a una pobre criatura en esta
tortura merecería una pena”.
(4) Y Jesús: “¿Qué pena quieres que les dé?”
(5) Y yo, no sabiendo qué decir ante aquella fuente de caridad inagotable he dicho: “Dulce
Señor mío, como la santidad lleva consigo el sacrificio, hazlos santos, porque así obtendrán el
propósito de tenerme con ellos y yo obtendré el propósito de verlos santos, y así ellos sentirán
la pena que lleva consigo la santidad”.
(6) Jesús al oírme se ha complacido y me ha besado diciéndome:
(7) “Bravo a mi amada, has sabido escoger lo óptimo para su bien y para mi gloria. Así que
por ahora se debe ceder, reservándome para otra ocasión el llevarte pronto, no dándoles tiempo
de podernos hacer violencia”.
(8) Entonces Jesús ha desaparecido y yo me he encontrado en mí misma, mitigados en gran
parte mis sufrimientos, con un nuevo vigor como si hubiera vuelto a nacer. Pero sólo Dios sabe
la pena, el desgarro de mi alma, espero al menos que quiera aceptar la dureza de este sacrificio.
+ + + +
4-145
Septiembre 10, 1902
Las prerrogativas del amor.
(1) Creía que el bendito Jesús volvería según lo habitual, pero cuál no ha sido mi desengaño,
porque después de haber decidido que por ahora no me llevará, ha comenzado a hacerme
esperar para verlo, y las más de las veces como sombra y como rayo. Entonces, esta mañana,
sintiéndome muy cansada y agotada de fuerzas por el continuo desear y esperar, parece que
ha venido y transportándome fuera de mí misma me ha dicho:
(2) “Hija mía, si estás cansada ven a mi corazón, bebe y te repondrás”.
(3) Así que me he acercado a aquel corazón divino, y he bebido a grandes sorbos una leche
mezclada con sangre dulcísima. Después de esto me ha dicho:
(4) “Las prerrogativas del amor son tres: Amor constante sin término, amor fuerte y amor que
une junto a Dios y al prójimo. Si en el alma no se descubren estas prerrogativas, se puede decir
que no es de la calidad del verdadero amor”.