negocia admirablemente, prorrumpiendo en actos de alabanza, de agradecimiento, de amor, de
reparación y demás, de modo que llena con ellos aquellos vacíos que le dejo. Sin embargo,
estos dos estados, ambos son sublimes y se dan recíprocamente la mano”.
+ + + +
4-130
Mayo 22, 1902
La Santísima Virgen incita a Jesús a hacer sufrir a Luisa.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, el bendito Jesús no venía, y ¡oh! cuánto he tenido
que sufrir y cuántos desatinos he dicho, es inútil decirlo. Entonces, después de haberme
cansado mucho, he sentido que había una persona cercana a mí, pero no le veía el rostro, he
extendido la mano para encontrarlo y he sentido que su cabeza estaba apoyada sobre mi
hombro, desmayado; lo vi y reconocí a mi dulce Jesús, me parecía desmayado por los tantos
desatinos que había dicho: por eso en cuanto lo vi que volvía en sí, no sé cuántos otros desatinos
quería decirle, pero Jesús me ha dicho:
(2) “Cálmate, cálmate, no quieras hablar más, de otra manera me harás desfallecer; tu callar
me hará tomar vigor y así podré al menos besarte, abrazarte y hacerte contenta”.
(3) Así pues me he quedado en silencio, y ambos nos hemos besado muchas veces, y Jesús
me hacía tantas demostraciones de amor, pero no sé explicarlo. Después de esto me he
encontrado fuera de mí misma, e iba buscando al amado de mi alma, y no encontrándolo levanté
los ojos al cielo, quién sabe y a lo mejor lo pudiera de nuevo hallar, y vi que estaba la Reina
Madre y Jesucristo volteado de espaldas, que discutían, y como no quería hacerle caso a la
Madre por eso estaba volteado de espaldas, todo lleno de furor, y parecía que de la boca le salía
el fuego de su ira. Yo sólo he entendido que Nuestro Señor, en aquel día quería con el fuego de
su ira destruir todo lo que servía de alimento al hombre, y la Santísima Virgen no quería y Jesús
decía:
(4) “¿Pero en quién desahogaré este fuego encendido de mi ira?”
(5) Y la Madre decía: “Estás con quien puedes desahogarlo, señalándome a mí, ¿no ves que
siempre está dispuesta a nuestros quereres?” Jesús al oír esto se volteó hacia la Madre, como
si se hubieran puesto de acuerdo, llamaron a los ángeles dándoles a cada uno de ellos una
chispa de aquel fuego que salía de Jesucristo, y ellos las han llevado a mí, poniéndolas una en
la boca y las otras en las manos, en los pies y en el corazón; yo sufría, me sentía devorar,
amargar por aquel fuego, pero me sentía resignada a soportar todo. El bendito Jesús y la Madre
eran espectadores de mis sufrimientos, y Jesús parecía en algún modo calmado. Mientras
estaba en esto me he encontrado en mí misma y estaba el confesor para llamarme a la
obediencia según lo acostumbrado, pero en vez de llamarme a la obediencia puso la intención
de hacerme sufrir la crucifixión. Jesús concurrió participándome sus penas; parecía que el
confesor había completado la obra comenzada por la Reina Madre. Sea todo para gloria de Dios
y sea siempre bendito.
+ + + +
4-131
Junio 2, 1902
El Trono de Jesús está compuesto de virtudes. El alma
que posee las virtudes lo hace reinar en su corazón.