(2) “Hija amada mía, tienes razón, cálmate, cálmate que estoy contigo y no te dejaré; pobre
hija, cómo sufres, la pena del amor es más terrible que el infierno. ¿Qué cosa tiraniza más, el
infierno, un amor contrapuesto, un amor odiado? ¿Qué cosa puede tiranizar a un alma más que
el infierno? Un amor amado. Si tú supieras cuánto sufro Yo al verte por causa mía tiranizada por
este amor; para no hacerme sufrir tanto deberías estar más tranquila cuando te privo de mi
presencia. Imagínate tú misma, si Yo sufro tanto al ver sufrir a quien no me ama y me ofende,
¿cuánto más sufriré al ver sufrir a quien me ama?”
(3) Entonces yo al oír esto, toda conmovida he dicho: “Señor, dime al menos si quieres que
me esfuerce en salir de este estado sin esperar al confesor cuando Tú no vienes”.
(4) Y Él ha agregado: “No, no quiero que tú salgas de este estado antes que venga el confesor,
deja todo temor, Yo me pongo en tu interior teniendo tus manos en las mías, y al contacto de
mis manos conocerás que estoy contigo”.
(5) Así, cuando me viene el ansia de quererlo, me siento estrechar las manos por las de Jesús,
y sintiendo el contacto divino me tranquilizo y digo: “Es verdad, está conmigo”. Otras veces
viniéndome más fuerte el deseo de verlo, me siento estrechar más fuerte las manos por las
suyas y me dice:
(6) “Luisa, hija mía, estoy aquí, aquí estoy, no me busques en otra parte”.
(7) Y así parece que estoy más tranquila.
+ + + +
4-118
Marzo 12, 1902
Amenaza de castigos.
(1) He seguido viendo en el mismo modo a mi adorable Jesús, es decir en mi interior, pero lo
veía dentro de mí de espaldas al mundo, con un flagelo en la mano en actitud de mandarlo sobre
las criaturas, y con esto parecía que sucedían castigos sobre las cosechas, mortalidad de gente;
y en el momento de mandar aquel flagelo ha dicho palabras de amenaza, entre las cuales
solamente recuerdo:
(2) “Yo no quería, pero vosotros mismos habéis buscado que os exterminara, pues bien, os
exterminaré”.
(3) Dicho esto ha desaparecido.
+ + + +
4-119
Marzo 16, 1902
No se deben buscar las propias comodidades ni la estima
y el agradar a otros, sino sólo y únicamente agradar a Dios.
(1) Oh, cuánto cuesta el hacerlo venir un poco, es un continuo dolor y también temor de que
no venga más. ¡Oh Dios!, qué pena, no sé cómo vivo, si bien vivo muriendo. Entonces por poco
tiempo se ha hecho ver en un estado que daba compasión, con un brazo mutilado, y todo afligido
me ha dicho:
(2) “Hija mía, mira lo que me hacen las criaturas, ¿cómo quieres tú que no las castigue?”
272 sig