contiene, cuántos bienes posee, no sé decirlo, o sea, puede decir de Dios las primeras letras
del alfabeto, dejando atrás toda la profundidad de los estudios. Así que, mis amadísimos
hermanos, ángeles y santos, aun estando en el Cielo, como criaturas no tienen la capacidad de
comprender en todo a su Creador, son como tantos recipientes llenos de Dios, que queriéndolos
llenar de más se derraman fuera. Creo que estoy diciendo muchos desatinos, por eso pongo
punto.
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Octubre 3, 1901
Luisa se ofrece en modo especial. No hay obstáculo
mayor para la unión con Dios, que la voluntad humana.
(1) Habiendo recibido la comunión, estaba pensando cómo ofrecer una cosa más especial a
Jesús, cómo atestiguarle mi amor y darle un mayor gusto; entonces le he dicho: “Amadísimo
Jesús mío, te ofrezco mi corazón para tu satisfacción y como eterna alabanza, y te ofrezco a
toda mí misma, aun las mínimas partículas de mi cuerpo, como tantos muros para ponerlos ante
Ti para impedir cualquier ofensa que te sea hecha, aceptándolas todas sobre mí si fuese posible,
y a tu placer hasta el día del juicio; y porque quiero que mi ofrecimiento sea completo y te
satisfaga por todos, tengo intención de que todas las penas que sufriré al recibir sobre mí las
ofensas, te recompensen de toda aquella gloria que te debían dar los santos que están en el
Cielo cuando estaban en la tierra, aquella que te debían dar las almas del purgatorio y aquella
gloria que te debían dar todos los hombres pasados, presentes y futuros, te la ofrezco por todos
en general y por cada uno en particular”. En cuanto he terminado de decir esto, el bendito Jesús,
todo conmovido por tal ofrecimiento me ha dicho:
(2) “Amada mía, tú misma no puedes entender el gran contento que me has dado con el
ofrecerte de este modo, me has curado todas mis heridas y me has dado una satisfacción por
todas las ofensas pasadas, presentes y futuras, y Yo la tendré en cuenta por toda la eternidad
como una gema preciosa que me glorificará eternamente, y cada vez que la vea te daré nueva
y mayor gloria eterna.
(3) Hija mía, no puede haber obstáculo mayor que impida la unión entre Yo y las criaturas, y
que se oponga a mi Gracia, que la propia voluntad. Tú con ofrecerme tu corazón para mi
satisfacción, te has vaciado de ti misma, y vaciándote de ti, Yo me verteré todo en ti, y de tu
corazón me vendrá una alabanza que me traerá las mismas notas de las alabanzas de mi
corazón, que continuamente da a mi Padre para satisfacer a la gloria que no le dan los hombres”.
(4) Mientras esto decía, veía que mediante mi ofrecimiento salían de todas las partes de mí
misma muchos ríos que se derramaban sobre el bendito Jesús, y que después, con ímpetu y
más abundantes los derramaba sobre toda la corte celestial, sobre el purgatorio y sobre todas
las gentes. ¡Oh bondad de mi Jesús al aceptar un tan mísero ofrecimiento, que lo recompensa
con tanta gracia! ¡Oh! prodigio de las santas y piadosas intenciones, si en todas nuestras obras,
aun triviales, nos sirviéramos de ellas, ¿qué negocio no haríamos? ¿Cuántas propiedades
eternas no adquiriríamos? ¿Cuánta gloria de más no daríamos al Señor?
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