+ + + +
4-85
Septiembre 9, 1901
Eficacia de las intenciones.
(1) Esta mañana mi adorable Jesús no venía. Entonces, mientras mi mente estaba ocupada
en considerar el misterio de la coronación de espinas, me he acordado que estando ocupada
otras veces en este misterio, el Señor se complacía en quitarse de su cabeza la corona de
espinas y clavarla en la mía, y he dicho en mi interior: “Ah Señor, ya no soy digna de sufrir tus
espinas”.
(2) Y Él, ha venido de improviso y me ha dicho:
(3) “Hija mía, cuando tú sufres mis mismas espinas, tú me consuelas, y sufriéndolas tú Yo me
siento completamente libre de esas penas; cuando te humillas y te crees indigna de sufrirlas,
entonces me reparas los pecados de soberbia que se cometen en el mundo”.
(4) Yo he agregado: “¡Ah! Señor, por cuantas gotas derramaste, por cuantas espinas sufriste,
por cuantas heridas, tanta gloria intento darte por cuanta gloria deberían darte todas las criaturas
si no existiera el pecado de soberbia, y tantas gracias intento pedirte para todas las criaturas
para hacer que este pecado se destruya”.
(5) Mientras esto decía, he visto que Jesús contenía en Él a todo el mundo, como una máquina
contiene en sí los objetos, y todas las criaturas se han movido en Él, y Jesús se movía hacia
ellas, y parecía que Él tuviese la gloria de mi intención y las criaturas hubieran regresado a Él
para poder recibir el bien prestado por mí para ellas. Yo he quedado estupefacta, y Jesús viendo
mi estupor ha dicho:
(6) “Parece sorprendente todo esto, ¿no es verdad? No obstante parece cosa de nada lo que
tú has hecho, sin embargo no es así; ¿cuánto bien se podría hacer con repetir esta intención y
no se hace?”
(7) Dicho esto ha desaparecido.
+ + + +
4-86
Septiembre 10, 1901
El unir nuestras acciones con Jesús es
continuar su Vida sobre la tierra.
(1) Continúo haciendo lo que Jesús bendito me enseñó el día 4 de este mes, si bien alguna
vez me distraigo, pero mientras alguna vez me olvido, parece que Jesús en mi interior se pone
en guardia y lo hace Él por mí, entonces yo, viendo esto me ruborizo y enseguida me uno a Él
y le hago el ofrecimiento de lo que en el momento estoy haciendo, así sea aun una mirada, una
palabra, voy diciendo: “Señor, toda esa gloria que las criaturas deberían darte con la boca y no
te dan, yo intento dártela con la mía, e impetro a ellas el hacer un buen y santo uso de la boca,
uniéndome siempre a la misma boca de Jesús”. Entonces mientras en todas mis cosas esto
hacía, vino y me ha dicho:
(2) “He aquí la continuación de mi Vida, que era la gloria del Padre y el bien de las almas; si
en esto perseveras tú formarás mi Vida y Yo la tuya, tú serás mi respiro y Yo el tuyo”.