4-82
Septiembre 2, 1901
Jesús habla de la Iglesia y de la sociedad presente.
(1) Esta mañana mi adorable Jesús se hacía ver unido con el santo Padre y parecía que le
dijera:
(2) “Las cosas hasta aquí sufridas no son más que todo lo que Yo pasé desde el principio de
mi Pasión hasta que fui condenado a la muerte; hijo mío, no te queda otra cosa que llevar la
cruz al Calvario”.
(3) Y mientras esto decía, parecía que Jesús bendito tomaba la cruz y la ponía sobre la
espalda del Santo Padre, ayudándolo Él mismo a llevarla. Ahora, mientras esto hacía ha
agregado:
(4) “Mi Iglesia parece que está como moribunda, especialmente respecto a las condiciones
sociales, que con ansia esperan el grito de muerte; pero ánimo hijo mío, después de que hayas
llegado al monte, cuando levanten la cruz, todos se sacudirán y la Iglesia dejará el aspecto de
moribunda y recobrará su pleno vigor. Sólo la cruz será el medio para esto, como sólo la cruz
fue el único medio para llenar el vacío que el pecado había hecho y para unir el abismo de
distancia infinita que había entre Dios y el hombre, así en estos tiempos sólo la cruz hará levantar
la frente de mi Iglesia, valerosa y resplandeciente para confundir y poner en fuga a los
enemigos”.
(5) Dicho esto ha desaparecido, y después de un poco ha regresado mi amado Jesús, todo
afligido, y continuó diciendo:
(6) “Hija mía, cuánto me duele la sociedad presente, son mis miembros y no puedo hacer
menos que amarlos; me sucede como a un tal que tuviera un brazo, una mano infectada y
llagada, ¿tal vez la odia, la aborrece? ¡Ah! no, más bien le procura todos los cuidados, quién
sabe cuánto gaste para verse curado, y mientras no llega a obtener la curación es causa de
hacerle sufrir todo el cuerpo, de tenerlo oprimido, afligido. Así es mi condición, veo mis miembros
infectados, llagados, y por ello siento dolor y pena, y por esto me siento más atraído a amarlos.
¡Oh, cómo es diferente mi amor al de las criaturas! Yo estoy obligado a amarlas porque son cosa
mía, pero ellas no me aman como cosa de ellas, y si me aman, me aman por su propio bien”.
(7) Después de esto ha desaparecido y yo me he encontrado en mí misma.
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4-83
Septiembre 4, 1901
Ardores del corazón de Jesús por la gloria de la
Majestad Divina y por el bien de las almas.
(1) Mi adorable Jesús continúa viniendo, y esta mañana apenas lo he visto sentía un ansia de
preguntarle si me había perdonado mis pecados, por eso le he dicho: “Dulce amor mío, cuánto
anhelo oír de tu boca si me has perdonado mis tantos pecados”. Y Jesús se ha acercado a mi
oído, y con su mirada parecía que escrutase todo mi interior y me ha dicho:
(2) “Todo está perdonado y te los perdono, no te queda otra cosa que algunos defectos
cometidos por ti inadvertidamente, y también te los perdono”.
(3) Después de esto parecía que Jesús se ponía a mis espaldas, y tocándome los riñones con
su mano me los fortificaba. ¿Quién puede decir lo que sentía con aquel toque? Solamente sé
decir que sentía un fuego refrigerante, una pureza unida a una fuerza; después que me tocó los
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