(2) “Hija mía, el veneno del interés ha entrado en todos los corazones, y como esponjas han
quedado empapados de este veneno. Este veneno pestífero ha penetrado en los monasterios,
en los sacerdotes, en los seglares. Hija mía, lo que no cede a la luz de la verdad y a la potencia
de la virtud, cede ante un vilísimo interés, y las virtudes más sublimes y excelsas, ante este
veneno, como frágil vidrio caen hechas pedazos”.
(3) Y mientras esto decía lloraba amargamente. Ahora, ¿quién puede decir el desgarro de mi
alma al ver llorar a mi amorosísimo Jesús? No sabiendo qué hacer para que dejara de llorar he
dicho disparates: “Amado mío, ¡ah! no llores, si los demás no te aman, te ofenden y tienen los
ojos cegados por el veneno del interés, de modo que por él quedan todos embebidos, estoy yo
que te amo, te alabo, y miro como inmundicia todo lo que es terreno, y no anhelo más que a Ti,
por eso deberías quedar contento con mi amor y dejar de llorar, y si te sientes amargado derrama
en mí tus amarguras, que estaré más contenta, antes que verte llorar”.
(4) Al oírme dejó de llorar, derramó un poco y luego me participó los dolores de la cruz, y
después ha agregado:
(5) “Mis virtudes y los méritos adquiridos para el hombre en mi Pasión, son tantas torres de
fortaleza en las cuales cada uno puede apoyarse en el camino hacia la Eternidad, pero el hombre
ingrato, huyendo de estas torres de fortaleza, se apoya en el fango, y se conduce por el camino
de la perdición”.
(6) Entonces Jesús ha desaparecido, y yo me he encontrado en mí misma.
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4-53
Enero 31, 1901
Jesucristo le explica la grandeza de la virtud de la paciencia.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, mi dulce Jesús no venía, y después de mucho
esperar, en cuanto lo he visto me ha dicho:
(2) “Hija mía, la paciencia es superior a la pureza, porque sin paciencia el alma fácilmente se
desenfrena y es difícil mantenerse pura, y cuando una virtud tiene necesidad de otra para tener
vida, se dice que ésta es superior a aquella, es más, se puede decir que la paciencia es custodia
de la pureza, y no sólo, sino es escalera para subir al monte de la fortaleza, de modo que si uno
subiera sin la escalera de la paciencia, pronto se precipitaría de lo más alto a lo más bajo.
Además de esto, la paciencia es germen de la perseverancia, y este germen produce unas
ramas llamadas firmeza. ¡Oh! cómo es firme y estable en el bien emprendido el alma paciente,
no toma en cuenta ni la lluvia, ni la escarcha, ni el hielo, ni el fuego, sino que toda su atención
está en llevar a término el bien comenzado, porque no hay insensatez mayor de aquel que hoy,
porque le gusta hace un bien, y mañana porque no encuentra más gusto lo deja. ¿Qué se diría
de un ojo que a cierta hora posee la vista, y a otra hora queda ciego? ¿De una lengua que ahora
habla, y ahora queda muda? ¡Ah sí, hija mía, sólo la paciencia es la llave secreta para abrir el
tesoro de las virtudes, sin el secreto de esta llave, las otras virtudes no salen para dar vida al
alma y ennoblecerla!”.
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