pertenecen, y finalmente por todos, y Él parecía todo condescendiente. Mientras estaba en esto
ha desaparecido y yo volví en mí misma.
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4-42
Diciembre 26, 1900
Continúa en la gruta.
(1) Al continuar viendo al santo Niño, veía a la Reina Madre de un lado y a San José del otro,
que estaban adorando profundamente al infante divino. Estando todos atentos a Él, me parecía
que la continua presencia del Niñito los tenía absortos en éxtasis continuo, y si obraban era un
prodigio que el Señor obraba en ellos, de otra manera habrían quedado inmóviles, sin poder
externamente atender a sus deberes. También yo he hecho mi adoración y me he encontrado
en mí misma.
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4-43
Diciembre 27, 1900
Dios no está sujeto a cambiarse, el demonio y la
naturaleza humana frecuentemente se cambian.
(1) Esta mañana me encontraba con temor sobre mi estado, que no fuera el Señor el que
obrara en mí, con el agregado de que no se dignaba venir; entonces, después de mucho esperar,
en cuanto lo he visto le he expuesto mi temor y Él me ha dicho:
(2) “Hija mía, antes que todo, para ponerte en este estado está el concurso de mi potencia, y
después, ¿quién te habría dado la fuerza, la paciencia de estar por tan largo tiempo en este
estado dentro de una cama? La sola perseverancia es una señal cierta de que la obra es mía,
porque solamente Dios no está sujeto a cambiarse, pero el demonio y la naturaleza humana
muy frecuentemente se cambian, y lo que hoy aman, mañana aborrecen, y lo que hoy aborrecen,
mañana aman y encuentran en eso su satisfacción”.
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4-44
Enero 4, 1901
Estado infeliz de un alma sin Dios.
(1) Después de haber pasado días amarguísimos de privación y de turbación, me sentía
dentro de mí un místico infierno; sin Jesús todas mis pasiones han salido a la luz, y expandiendo
cada una sus tinieblas me han obscurecido de tal manera, que no sabía más donde me
encontraba. ¡Cuán infeliz es el estado de un alma sin Dios! Basta decir que sin Dios el alma
siente viviente dentro de sí el infierno; tal era mi estado, me sentía desgarrar el alma por penas
infernales. ¿Quién puede decir lo que he pasado? Para no alargarme paso adelante. Entonces,
esta mañana habiendo comulgado y estando en lo sumo de la aflicción, he sentido moverse
dentro de mí a Nuestro Señor, yo al ver su imagen quise ver si era de madera, o estaba vivo, de
carne; he mirado y era el Crucificado vivo, de carne, que mirándome me ha dicho:
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