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Diciembre 25, 1900
Ve el Nacimiento de Jesús.
(1) Encontrándome en mi habitual estado me he sentido fuera de mí misma, y después de
haber girado me encontré dentro de una cueva, y he visto a la Reina Mamá que estaba en el
momento de dar a luz al Niñito Jesús. ¡Qué estupendo prodigio! Me parecía que tanto la Madre
como el Hijo estaban cambiados en luz purísima, pero en esa luz se distinguía muy bien la
naturaleza humana de Jesús, que contenía en sí la Divinidad, que le servía como de velo para
cubrir a la Divinidad, de modo que abriendo el velo de la naturaleza humana era Dios, y cubierto
con ese velo era hombre, y he aquí el prodigio de los prodigios: Dios y Hombre, Hombre y Dios,
que sin dejar al Padre y al Espíritu Santo viene a habitar con nosotros y toma carne humana,
porque el verdadero amor no se desune jamás. Ahora, me ha parecido que la Madre y el Hijo
en ese felicísimo instante quedaron como espiritualizados, y sin el mínimo obstáculo Jesús salió
del seno materno, desbordándose ambos en un exceso de amor, o sea, esos Santísimos
cuerpos transformados en Luz, sin el mínimo impedimento, Jesús luz ha salido de dentro de la
luz Madre, quedando sanos e intactos tanto el Uno como la Otra, regresando después al estado
natural. ¿Pero quién puede decir la belleza del Niñito, que en ese momento de su nacimiento
traslucía aun externamente los rayos de su Divinidad? ¿Quién puede decir la belleza de la Madre
que quedaba toda absorbida en aquellos rayos Divinos? Me parecía que San José no estaba
presente en el momento del parto, sino que permanecía en otro rincón de la cueva, todo absorto
en aquel profundo misterio, y si no vio con los ojos del cuerpo, vio muy bien con los ojos del
alma, porque estaba raptado en éxtasis sublime.
(2) Ahora, en el momento en que el Niñito salió a la luz, yo habría querido volar para tomarlo
entre mis brazos, pero los ángeles me lo impidieron, diciéndome que le correspondía a la Madre
el honor de ser la primera en tomarlo. Entonces la Virgen Santísima como sacudida ha vuelto
en sí, y de las manos de un ángel recibió al Hijo en sus brazos, lo estrechó tan fuerte en el
arrebato de amor en que se encontraba, que parecía que lo quisiera meter de nuevo en Ella,
después queriendo dar un desahogo a su ardiente amor, lo puso a mamar de sus pechos.
Mientras tanto yo permanecía toda aniquilada, esperando ser llamada para no recibir otro regaño
de los ángeles. Entonces la Reina me dijo:
(3) “Ven, ven a tomar a tu amado y gózalo también tú, desahoga con Él tu amor”.
En cuanto dijo esto me acerqué, y la Mamá me lo puso en los brazos. ¿Quién puede decir mi
contento, los besos, los abrazos, las ternuras? Después de que me desahogué un poco le dije:
“Amado mío, Tú has tomado leche de nuestra Mamá, hazme partícipe”. Y Él condescendiendo,
de su boca derramó parte de esa leche en la mía, y después me ha dicho:
(4) “Amada mía, Yo fui concebido unido al dolor, nací al dolor y morí en el dolor, y con los tres
clavos con que me crucificaron clavé las tres potencias: inteligencia, memoria y voluntad de
aquellas almas que desean amarme, haciéndolas quedar todas atraídas a Mí, porque la culpa
las había vuelto enfermas, dispersas de su Creador y sin ningún freno”.
(5) Y mientras esto decía, ha dado una mirada al mundo y comenzó a llorar sus miserias. Yo,
viéndolo llorar he dicho: “Amable Niño, no entristezcas una noche tan alegre con tu llanto a quien
te ama, en lugar de dar desahogo al llanto demos desahogo al canto”. Y así diciendo comencé
a cantar; Jesús se distrajo al oírme cantar y dejó de llorar. Al terminar mi verso Él cantó el suyo,
con una voz tan fuerte y armoniosa, que todas las demás voces desaparecían ante su voz
dulcísima. Después de esto le pedí al Niño Jesús por mi confesor, por aquellos que me