que una se refiere a Dios y la otra se refiere a los hombres, las dos tienen el mismo valor y no
puede estar la una sin la otra, por lo que a las dos las debes amar de una misma manera”.
(7) Después ha agregado: “Debes saber que de ahora en adelante vivirás con mi corazón, y
debes entendértela a modo de mi corazón, para encontrar en ti mis complacencias, por eso te
lo encomiendo, porque no es más corazón tuyo, sino corazón mío”.
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4-36
Noviembre 22, 1900
Jesús se pone en el lugar del corazón de Luisa.
Le dice el alimento que quiere de ella.
(1) Continúa haciéndose ver mi adorable Jesús. Esta mañana, habiendo recibido la comunión,
lo veía en mi interior, y los dos corazones tan fundidos que parecían uno, y mi dulcísimo Jesús
me ha dicho:
(2) “Hoy he decidido darte en lugar del corazón, a Mí mismo”.
(3) En ese momento he visto que Jesús tomaba lugar en aquel punto donde está el corazón,
y de dentro de Jesús recibía la respiración y sentía el latido del corazón; ¡cómo me sentía feliz
viviendo de esta manera!.
(4) Después de esto ha agregado: “Habiendo Yo tomado el lugar del corazón, te conviene
tener un alimento siempre preparado para nutrirme, el alimento será mi Querer, y todo lo que te
mortificarás y de lo que te privarás por amor mío”.
(5) Pero quién puede decir todo lo que en mi interior ha pasado entre Jesús y yo, creo que es
mejor callar, de otra manera siento como si lo estropeara. No estando mi lengua adiestrada para
hablar de gracias tan grandes que el Señor ha hecho a mi alma, no me queda otra cosa que
agradecer al Señor que tiene consideración de un alma tan miserable y pecadora.
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4-37
Noviembre 23, 1900
Modo en el cual están las almas en Jesús.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, mi amante Jesús me ha transportado fuera de mí
misma, y saliendo de dentro de mi interior se hacía ver tan grande que absorbía en Él toda la
tierra, y extendía tanto su grandeza que mi alma no encontraba el término, me sentía dispersa
en Dios, no sólo yo, sino todas las criaturas quedaban dispersas; y ¡oh, cómo parecía impropio,
qué afrenta se hace a Nuestro Señor, el que nosotros, pequeños gusanos, viviendo en Él
osemos ofenderlo! ¡Oh, si todos pudieran ver el modo como estamos en Dios, cómo se cuidarían
de no darle ni siquiera la sombra de un disgusto! Después se hacía tan alto que absorbía en Él
todo el Cielo, así que en Dios mismo veía a todos los ángeles y santos, oía su canto, entendía
muchas cosas de la felicidad eterna. Después de esto veía que de Jesús salían muchos arroyos
de leche y yo bebía de ellos, pero siendo yo muy restringida, y Jesús tan grande y alto que no
tenía límite ni de grandeza ni de altura, no lograba absorberlo todo en mí; muchos corrían fuera,
si bien permanecían en Dios mismo, y yo sentía un disgusto por ello y hubiera querido que todos
corrieran a beber de estos arroyos, pero escasísimo era el número de los viadores que bebían;
Nuestro Señor disgustado también por esto me ha dicho:
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