(3) Por este hablar he olvidado el penoso estado de los días pasados y corrí a sus brazos, y
como se veía el costado abierto he dicho: “Amado mío, hace ya algún tiempo que no me has
admitido a chupar de tu costado, te pido que me admitas hoy”.
(4) Y Jesús: “Amada mía, bebe pues a tu placer y sáciate”.
(5) ¿Quién puede decir mi contento y con qué avidez puse mi boca para beber de aquella
fuente divina? Después que he bebido a saciedad, hasta no tener más donde poner ni siquiera
otra gota, me separé, y Jesús me ha dicho:
(6) “¿Te has saciado? Si no, sigue bebiendo”.
(7) Y yo: “Saciada no, porque de esta fuente por cuanto más se bebe, más crece la sed, sólo
que siendo muy pequeña mi capacidad, no soy capaz de contener más”.
(8) Después de esto veía junto con Jesús a otras personas, y ha dicho:
(9) “La cosa más esencial y necesaria en un alma, es la caridad; si no hay caridad, sucede
como a aquellas familias o reinos que no tienen regidores, todo está trastornado, las cosas más
bellas quedan oscurecidas, no se ve ninguna armonía, quién quiere hacer una cosa y quién otra.
Así sucede en el alma donde no reina la caridad, todo está en desorden, las más bellas virtudes
no armonizan entre ellas, por esto la caridad se llama reina, porque tiene régimen, orden, y
dispone todo”.
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4-26
Octubre 31, 1900
La medicina más saludable y eficaz en los
momentos más tristes de la vida, es la resignación.
(1) Encontrándome en mi habitual estado, me he sentido fuera de mí misma, y he encontrado
a la Reina Mamá; en cuanto me vio comenzó a hablar de la justicia, de cómo está por
descargarse con todo el furor contra las gentes; dijo muchas cosas sobre esto, pero no tengo
palabras para expresarlo, y mientras estaba en eso veía todo el cielo lleno de puntas de espadas
contra el mundo. Después ha agregado:
(2) “Hija mía, tú, muchas veces has desarmado a la justicia divina, y te has contentado en
recibir sobre ti sus golpes, ahora que la ves en el colmo del furor no te desalientes, sino sé
animosa, con ánimo lleno de santa fortaleza entra en esa justicia y desármala, no tengas temor
de las espadas, del fuego y de todo lo que puedas encontrar; para obtener este propósito, si te
ves herida, golpeada, quemada, rechazada, no retrocedas, sino más bien te sea de estímulo
para proseguir. Mira, para hacer esto he venido Yo en tu ayuda trayéndote una vestidura, con la
cual, usándola tu alma, adquirirás valor y fortaleza para no temer nada”.
(3) Dicho esto, de su manto sacó una vestidura entretejida de oro jaspeado de varios colores
y vistió mi alma; luego me dio a su Hijo diciéndome:
(4) “Y he aquí que como prenda de mi amor te doy en custodia a mi amadísimo Hijo para que
lo custodies, lo ames y lo contentes en todo; trates de hacer mis veces, para que encontrando
en ti todo su contento, el disgusto que le dan los demás no le pueda causar tanta pena”.
(5) ¿Quién puede decir cómo he quedado feliz y fortificada al ser vestida por esa vestidura, y
con la amorosa prenda entre mis brazos? Felicidad más grande ciertamente no podría desear.
Entonces la Reina Mamá ha desaparecido y yo he quedado con mi dulce Jesús. Hemos girado
un poco por la tierra, y entre tantos encuentros nos hemos encontrado con un alma en poder de
la desesperación; teniendo compasión de ella nos hemos acercado, y Jesús quiso que yo le
hablara para hacerle comprender el mal que hacía, y con una luz que Jesús mismo me infundía
le he dicho:
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