(9) Se lo he dicho al padre y también en esto la obediencia se volvió inexorable, a pesar de
que mi dulce Bien me llamaba diciéndome: “Luisa ven”, yo le decía que me llamaba, pero me
respondía con un no terminante. Qué obediencia es esta que quiere hacer en todo, y sobre todo,
de señora, se quiere meter en cosas que a ella no le pertenecen, como es el morir; y además,
bonita cosa, expone a una pobre infeliz a los peligros de morir, le hace tocar con la mano el
puerto de la felicidad eterna, y luego para hacer ver que en todo sabe hacer de señora, por la
fuerza que posee la detiene y la hace permanecer en la mísera prisión del cuerpo, y si se le
pregunta por qué todo esto, primero no te contesta, y después en su mudo lenguaje te dice:
“¿Por qué? Porque soy señora y tengo imperio sobre todo”. Parece que si se quiere estar en
paz con esta bendita obediencia, se necesita una paciencia de santo, y no sólo, sino la misma
de Nuestro Señor; de otra manera se está en continuas fricciones, porque se trata de que quiere
tocar los extremos. Entonces viendo que no podía vencer en nada, el bendito Señor se ha
calmado ante la obediencia y me ha dejado en paz, me ha mitigado las penas que sufría y me
ha dicho:
(10) “Amada mía, en las penas que has sufrido, he querido hacerte sentir el furor de mi justicia
al derramarla un poco sobre ti. Si tú pudieras ver con claridad el punto hasta donde la han hecho
llegar los hombres, y cómo el furor de mi justicia se ha armado contra ellos, tú temblarías de
pies a cabeza, y no harías otra cosa que pedirme que lluevan sobre ti las penas”.
(11) Entonces parecía que me sostenía en mis sufrimientos, y para animarme me decía:
(12) “Yo me siento mejor, ¿y tú?”
(13) Y yo: “¡Ah! Señor, ¿quién puede decirte lo que siento?, me parece como si hubiera sido
triturada dentro de una máquina, siento tal aniquilamiento de fuerzas, que si Tú no me infundes
vigor no puedo recuperarme”.
(14) Y Él: “Amada mía, es necesario que al menos de vez en cuando sientas con intensidad
las penas; primero por ti, porque por cuan bueno sea un fierro, si se deja largamente sin ponerlo
al fuego, siempre adquiere algo de herrumbre; segundo por Mí, que si por largo tiempo no me
descargara sobre ti, mi furor se encendería en tal modo, que no tendría ninguna consideración,
ni libraría a nadie, y si no pusiera sobre ti mis penas, ¿cómo podría mantenerte la palabra de
perdonar en parte al mundo de los castigos?”
(15) Después de esto ha venido el confesor a llamarme a la obediencia, y así he regresado
en mí misma.
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4-21
Octubre 17, 1900
Un alma sufriente y una oración humilde, hacen perder
toda la fuerza a Jesús, y lo vuelve tan débil de dejarse
atar por aquella alma. El aspecto de la justicia.
(1) Al venir mi adorable Jesús, me parecía verlo tan sufriente que daba compasión, y
arrojándose entre mis brazos me ha dicho:
(2) “Hija mía, calma el furor de mi justicia, de otra manera”...
(3) Mientras estaba en esto, me ha parecido ver a la justicia divina armada de espadas, de
saetas de fuego, que daba terror, y al mismo tiempo la fuerza con la que puede obrar. Por eso
toda asustada he dicho: “¿Cómo puedo calmar tu furor si te veo tan fuerte que puedes en un
simple instante aniquilar cielo y tierra?”
(4) Y Él: “Sin embargo un alma sufriente, y una oración humildísima, me hacen perder toda
mi fuerza, y me hacen tan débil que me dejo atar por esa alma como a ella le parece y le place”.