y la gente al verlas, todas se horrorizaban y daban un grito de espanto y de dolor, especialmente
los niños, y decían: “Si estos nos caen encima, para nosotros todo terminó”, y agregaban:
“Escondan a las jóvenes; pobre juventud si llega a manos de estos”. Entonces yo, dirigiéndome
al Señor le dije: “Piedad, misericordia, aleja este flagelo tan peligroso para la mísera humanidad,
te muevan a compasión las lágrimas de la inocencia”.
(8) Y Él: “¡Ah! hija mía, sólo por la inocencia tengo consideración de los otros, sólo ella me
arranca la misericordia y mitiga mi justa ira”.
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4-20
Octubre 15, 1900
Lucha entre el confesor y Jesús por la crucifixión de Luisa.
(1) Esta mañana habiendo recibido la comunión, el bendito Jesús me hizo oír su voz que
decía:
(2) “Hija mía, esta mañana siento toda la necesidad de ser reconfortado, ¡ah, toma un poco
mis penas sobre ti, y déjame reposar en tu corazón!”
(3) Y yo: “Sí mi Bien, hazme partícipe de tus penas, y mientras yo sufro en lugar tuyo, tendrás
todo el tiempo para poderte restaurar y tomar un dulce reposo; sólo te pido que esperes otro
poco hasta que me quede sola, porque me parece que está el confesor todavía, a fin de que
nadie me pueda ver sufrir”.
(4) Y Él: “Qué importa que esté presente el padre, ¿no sería mejor que en vez de tener uno
que me alivie, tenga dos, tú sufriendo y él concurriendo conmigo con mi misma intención?”
(5) Entre tanto, he visto al confesor que ponía la intención de la crucifixión, y de inmediato el
Señor, sin la mínima demora me ha participado las penas de la cruz. Después de haber estado
un poco en aquellos sufrimientos, el confesor me llamó a la obediencia, Jesús se retiró y yo
trataba de someterme a quien me ordenaba. Cuando en un instante, de nuevo ha venido mi
dulce Jesús que me quería someter por segunda vez a las penas de la crucifixión, y el padre no
quería; y yo, cuando me uniformaba con Jesús, esto es a sufrir, Él venía; cuando el confesor
veía que empezaba a sufrir, con la obediencia detenía el sufrir y Jesús se retiraba, yo sufría una
pena grande al verlo retirarse, pero hacía cuanto más podía por obedecer, y a veces, como veía
presente al confesor, los dejaba hacer a Ellos, esperando a ver quién vencía: La obediencia o
Nuestro Señor. Ah, me parecía ver luchar a la obediencia y a Jesús, ambos potentes, capaces
de poder enfrentar una lucha. Después de que han luchado, en el momento de ver quién vencía,
ha venido la Reina Mamá, que acercándose al padre le dijo:
(6) “Hijo mío, esta mañana en que Él mismo quiere que sufra, déjalo hacer, de otra manera
no seréis librados, ni siquiera en parte de los castigos”.
(7) En aquel momento, el padre cesó, como si se hubiera distraído en sostener la lucha, y
Jesús vencedor me ha sometido de nuevo a las penas, pero con tal vehemencia y acerbos
dolores, que yo misma no sé cómo he quedado viva; cuando creía morir, la obediencia me ha
llamado de nuevo y me he encontrado en mí misma. Reconfortado el bendito Jesús, pero no
contento aún, regresando quería repetir por tercera vez, pero la obediencia armándose de
fuerza, esta vez se hizo vencedora, perdiendo mi amado Jesús. Con todo esto de vez en cuando
lo intentaba, quién sabe y a lo mejor podría vencer nuevamente Él, tanto que no me daba calma,
y he debido decir: “Pero Señor mío, estate un poco quieto y déjame en paz; ¿no ves que la
obediencia se puso en armas, y no quiere ceder? Por eso ten paciencia, y si quieres repetir la
tercera vez prométeme que me harás morir”.
(8) Y Jesús: “Sí, ven”.