4-18
Octubre 12, 1900
Los enemigos más potentes del hombre son: El
amor a los placeres, a las riquezas y a los honores.
(1) Continúa viniendo mi adorable Jesús; esta mañana traía una tupida corona de espinas; se
la he quitado poco a poco y la he puesto en mi cabeza, y he dicho: “Señor, ayúdame a clavarla”.
(2) Y Él: “Esta vez quiero que tú misma te la claves, quiero ver qué cosa saber hacer, y cómo
quieres sufrir por amor mío”.
(3) Yo la he clavado muy bien, mucho más que se trataba de hacerle ver hasta donde llegaba
mi amor de sufrir por Él, tanto que Él mismo, todo enternecido y estrechándome me ha dicho:
(4) “Basta, basta, que mi corazón no resiste más el verte sufrir”.
(5) Y dejándome muy sufriente, mi amado Jesús no hacía otra cosa que ir y venir. Después
de esto ha tomado el aspecto de crucificado y me ha participado sus penas, y me ha dicho:
(6) “Hija mía, los enemigos más potentes del hombre son: El amor a los placeres, a las
riquezas y a los honores, que hacen infeliz al hombre, porque estos enemigos se introducen
hasta en el corazón y lo roen continuamente, lo amargan, lo abaten, tanto, de hacerle perder
toda la felicidad, y Yo sobre el Calvario derroté a estos tres enemigos, y obtuve gracia para el
hombre de que pudiera vencerlos también él, y le restituí la felicidad perdida, pero el hombre
siempre ingrato y desagradecido rechaza mi gracia y ama rabiosamente estos enemigos, que
ponen el corazón humano en una tortura continua”.
(7) Dicho esto ha desaparecido y yo comprendía con tal claridad la verdad de estas palabras,
que sentía una repugnancia, un odio hacia estos enemigos.
(8) Sea siempre bendito el Señor y todo sea para su gloria.
+ + + +
4-19
Octubre 14, 1900
El peligroso flagelo de los burgueses. Sólo la inocencia
atrae la misericordia y mitiga la justa indignación.
(1) Esta mañana me sentía tan aturdida, que no reaccionaba, ni podía ir según lo
acostumbrado en busca de mi sumo Bien. De vez en cuando se movía dentro de mi interior y se
hacía ver, y abrazándome toda y compadeciéndome me decía:
(2) “Pobre hija, tienes razón de no poder estar sin Mí, ¿cómo podrías vivir sin tu amado?”
(3) Y yo, turbada por sus palabras he dicho: “Ah, amado mío, qué duro martirio es la vida por
los intervalos en que estoy obligada a estar sin Ti. Tú mismo lo dices, que tengo razón en esto,
¿y luego me dejas?”
(4) Y Él, furtivamente se ha escondido como si no quisiera que oyera lo que me decía, y yo
he quedado de nuevo en mi turbación, sin poder decir más nada; cuando me ha visto de nuevo
turbada ha salido y dijo:
(5) “Tú eres todo mi contento, en tu corazón encuentro el verdadero reposo, y reposándome
siento en él las más queridas delicias”.
(6) Y yo sacudiéndome de nuevo le he dicho: “También para mí Tú eres todo mi contento,
tanto, que todas las otras cosas no son para mí más que amarguras”.
(7) Y Él retirándose de nuevo me dejó a medio hablar, quedando más turbada que antes, y
así continuó esta mañana, parecía que tenía ganas de jugar un poco. Después de esto me he
sentido fuera de mí misma, y he visto que venían personas desconocidas vestidas de burgueses,
213 sig