(7) Después de esto me ha transportado fuera de mí misma, y encontrándome sola, sin
cuerpo, he dicho: “Mi amado y único Bien, qué castigo es para mí tener que regresar tantas
veces a mi cuerpo, porque es cierto que ahora no lo tengo, es sólo mi alma la que está junto
Contigo; y después, no sé cómo me encuentro aprisionada en mi mísero cuerpo como dentro
de una cárcel tenebrosa, y ahí pierdo aquella libertad que me viene dada al salir de él. ¿No es
esto un castigo para mí, el más duro que se pueda dar?”
(8) Y Jesús: “Hija mía, no es castigo lo que tú dices, ni por culpa tuya que esto te sucede, más
bien debes saber que sólo por dos razones el alma puede salir del cuerpo: Por fuerza del dolor,
porque sucede la muerte natural; o por fuerza de amor recíproco entre el alma y Yo, porque
siendo este amor tan fuerte, ni el alma aguantaría, ni Yo puedo aguantar mucho sin gozar de
ella, por eso la voy atrayendo a Mí, y luego la devuelvo a su estado natural; y el alma más que
atraída por un hilo eléctrico va y viene como a Mí me place. He aquí que lo que tú crees castigo
es amor finísimo”.
(9) Y yo: “¡Ah Señor, si mi amor fuera bastante y fuerte, creo que tendría la fuerza de subsistir
ante Ti, y no estaría sujeta a regresar a mi cuerpo; pero como es muy débil, por eso es que estoy
sujeta a estas vicisitudes”.
(10) Y Él: “Más bien te digo que es amor más grande, es extraído del amor del sacrificio,
porque por amor mío y por amor de tus hermanos te privas y regresas a las miserias de la vida”.
(11) Después de esto el bendito Jesús me ha transportado a una ciudad, donde eran tantas
las culpas que se cometían, que salía como una neblina densísima, maloliente, que se levantaba
hacia el cielo; y del cielo descendía otra neblina tupida, y dentro estaban condensados tantos
castigos, que parecía que fueran suficientes para exterminar esta ciudad, entonces yo he dicho:
“Señor, ¿dónde nos encontramos? ¿Qué lugares son estos?”
(12) Y Él: “Aquí es Roma, donde son tantas las maldades que se cometen, no sólo por los
seglares sino también por los religiosos, que merecen que esta niebla los termine de cegar,
mereciéndose con ello su exterminio”.
(13) En un instante he visto el estrago que sucedía, y parecía que el Vaticano recibía parte de
las sacudidas; no eran librados ni siquiera los sacerdotes, por eso toda consternada he dicho:
“Mi Señor, libra a tu ciudad predilecta, a tantos ministros tuyos, al Papa. ¡Oh, de buena gana te
ofrezco a mí misma para sufrir sus tormentos, con tal de que los perdones!”
(14) Y Jesús conmovido me ha dicho: “Ven Conmigo y te haré ver hasta donde llega la malicia
humana”.
(15) Y me ha transportado dentro de un palacio, y en una habitación secreta estaban cinco o
seis diputados y decían entre ellos: “Sólo cederemos cuando hayamos destruido a los
cristianos”. Y parecía que querían obligar al rey a escribir de su propio puño el decreto de muerte
contra los cristianos, y la promesa de dejarlos adueñarse de los bienes de éstos, diciéndole que
con tal de que consintiera con ellos, él no haría nada, porque no lo harían por ahora, sino que
en tiempo y circunstancias oportunas lo habrían hecho. Después de esto me ha transportado a
otra parte, y me hacía ver que debía morir uno de aquellos que se dicen jefes, y este tal parecía
tan unido con el demonio, que ni siquiera en ese punto se apartaba, toda su fuerza la tomaba
de los demonios que lo cortejaban como su fiel amigo. Los demonios al verme se han agitado,
y alguno me quería golpear, otro me quería hacer una cosa y otro otra, sin embargo yo, no
haciendo caso a sus molestias, porque me importaba más la salvación de aquella alma, me he
esforzado y he llegado junto a aquel hombre. ¡Oh Dios, qué vista tan espantosa, más que los
mismos demonios! ¡en qué estado tan lamentable yacía él! Más duro que piedra, en nada lo
conmovió nuestra presencia, más bien parecía que se burlaba. Jesús enseguida me quitó de
ese lugar, y yo empecé a rogarle por la salvación de esa alma.
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