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Septiembre 20, 1937
La Divina Voluntad no se detiene jamás y sella con su eterno amor todo el obrar
de la criatura. Intercambio de imitación y de vida entre el Creador y la criatura.
(1) Mi vuelo continúa en el Fiat Divino y, ¡oh! cómo se muestra contento al tener a su criatura
en su regazo, con el estar siempre juntos y que obre junto con Él, la compañía de la criatura lo
vuelve más feliz de lo que es, porque encuentra quién lo mira, quién lo ama, quién quisiera
igualarlo en ser toda suya como el Querer Divino lo es de la criatura; si ama, encuentra quién lo
ama; si obra, encuentra quién recibe sus obras; si es ofendido, encuentra quién lo defiende, y
muchas veces le hace cambiar la justicia en gracias, por eso todas las estratagemas de amor
las hace con esta criatura. Pero mientras mi mente se perdía en el Querer Divino, mi dulce
Jesús visitando mi pequeña alma, todo amor me ha dicho:
(2) “Hija mía bendita, el amor de mi Querer no se detiene jamás, va buscando siempre nuevos
reencuentros, nuevas invenciones de amor, es más, llega a encerrar a quien vive en Él en los
íntimos escondites de sus secretos amorosos, y le hace ver su íntima creación de siempre nuevo
y creciente amor, con el cual mantiene a los bienaventurados y a los viadores como dentro de
un solo aliento de amor, le descubre nuevos arcanos celestiales de nuestra Divinidad, le da
nuevas noticias de hasta dónde puede llegar su potencia amorosa, sus prodigios que puede
obrar en quien vive en Él. Siempre y cuando la encuentre en su Voluntad, toma gusto en decirle
siempre cosas nuevas y darle nuevas sorpresas de amor; es más, escucha lo que hace: Se
empequeñece en la criatura y al mismo tiempo permanece inmenso, y ama en ella para decir:
‘¡Ah! la criatura me ama como la sé amar Yo’. Y como nada entra en Nosotros que no sea amor,
esta mi Voluntad, como empequeñecida en la criatura, todo lo que ella hace lo convierte en
amor, si reza, si adora, si obra, convierte todo en amor, y con una potencia toda divina, mi misma
Voluntad conduce estos actos de la criatura al seno de nuestra Divinidad y toman su puesto en
nuestro amor, y Nosotros estos actos los vemos que son actos nuestros, y sentimos en ellos la
plegaria eterna de nuestro amor, nuestra adoración toda de amor, nuestras obras eternas de
amor y, ¡oh! cómo quedamos glorificados y felices porque la criatura puede decirnos: ‘Mi
oración, mi adoración, mis actos, son eternos y están investidos por vuestro eterno amor, así
me los ha hecho vuestra Voluntad Divina, por eso te amo como Tú me amas’. Y es propiamente
esta nuestra locura, nuestro delirio de amor, que queremos hacer y amar en la criatura como
hacemos y amamos en Nosotros mismos, pero sólo nuestra Voluntad reinante y obrante en ella
puede llegar a tanto, porque Nosotros, si nos abajamos, no es para perder nuestro Ser Divino
en lo finito, sino para elevar a la criatura a lo infinito y darle de lo nuestro, y sellar sus más
pequeños actos, aun su respiro, su movimiento, con nuestro eterno amor, a fin de que sintamos
en ella nuestro respiro de eterno amor, nuestro movimiento en el suyo, que no se mueve si no
hace brotar amor. Por eso toda la Creación no fue otra cosa que un desahogo de amor,
queríamos hermanarnos con nuestras obras, con las criaturas que sacábamos a la luz para
amarnos con un solo amor. Hija mía, qué dolor al no haber sido comprendido esto por las
criaturas, por eso no podemos tener el bien de decirle quiénes somos, de hacernos conocer y
decirle que no somos otra cosa que amor, y que queremos dar amor para recibir amor; cómo
quisiera que todos lo supieran”.
(3) Jesús ha hecho silencio como ahogado en sus llamas de amor, después, como si tuviera
necesidad de desahogarse aún, ha vuelto a decir suspirando, como si quisiera incendiar a todo
el mundo con su amor:
(4) “Escucha hija mía otra sorpresa más grande de nuestro intenso amor, y hasta dónde llegan
nuestros delirios de amor: Nuestro Ente Supremo ama tanto a la criatura, que llegamos al
exceso de imitarla, nos empequeñecemos, nos encerramos en ella y queremos caminar con sus